El beso. No hay disciplina artística más besucona que la literaria. En casi todas las historias hay besos para aburrir y son de todos los tamaños, intención y colores. Para grande por su dimensión, sin ir más lejos, el de Rodin, que inmortalizó en piedra el ósculo prohibido de Paolo Malatesta y Francesca da Rimini, asesinados entre 1283 y 1286 por Gian Ciotto Malatesta, hermano de él y esposo de ella, cuando descubrió que eran amantes. Hay apellidos que parecen predestinados a la tragedia. 

Existen besos turbadores, que da un poco de grima verlos, para que me entiendas, como el fraternal morreo que se pegaron en 1979 Leonid Brezhnev (URSS) y Erich Honecker (RDA), durante la conmemoración del 30 aniversario de la extinta República Democrática Alemana, una fotografía inquietante que dio la vuelta al mundo y que hoy, inmortalizado en un lienzo de lo que fue el muro de Berlín, sigue llamando la atención de los turistas que visitan la capital germana. Proliferan los besos de colores: rosas, amarillos, azules, verdes, violetas, negros…, aunque estos últimos tienen mala prensa y mejor los ponemos en cuarentena.

Arquetipo del beso traidor es el de Judas. Qué malamente lo ha tratado la historia, pobre. El discípulo más querido de Cristo, el más leal y ferviente seguidor del galileo. El mismo Jesús puso en sus manos la gestión financiera del grupo apostólico, una clara muestra de confianza, viniendo de un judío y del linaje de David, nada menos. En lo tocante al dinero, el pueblo de Israel no se anda con tonterías y tiene mucho cuidado con quién se juega los cuartos. Judas bebía los vientos por el Maestro, tanto que lo entregó a los romanos, convencido de que, siendo el Mesías, los correría a capones, sacando de una puñetera vez al pueblo elegido de la opresión imperialista. Se ve que los tiros no iban por ahí, alguien tenía que cargar con el muerto del fiasco y, qué mala es la gente, le tocó a él.

Besarse en la boca es una manera habitual de escenificar el amor. A la que podemos ya estamos dándonos el boquerón. Pero no seríamos tan besucones, si supiéramos que con un solo beso de diez segundos podemos compartir con nuestra pareja hasta 80 millones de bacterias. Unos científicos holandeses se han tomado la molestia de investigar el fenómeno, llegando a esa conclusión. Aunque no especifican si el experimento se hizo con lengua o a morro prieto. Shakespeare pone en boca de Romeo la siguiente frase; «Mis labios son un peregrino que quiere explorar tus labios, un santuario sagrado»; toda esa lírica se ha venido abajo por culpa de la ciencia.

Antes de que Capuletos y Montescos anduvieran a cintarazos por Verona, en Teruel —que sí, también existe—, ya festejaban Juan de Marcilla e Isabel de Segura, pero como él andaba corto de liquidez, el padre de ella concertó el matrimonio de la chiquilla con un rico pretendiente. Juan le pide a Isabel un beso: «Bésame, que me muero», y ella responde: «Quiera Dios que yo falte a mi marido; por la pasión de Jesucristo os suplico que busquéis a otra, que de mí no hagáis cuenta, pues si a Dios no ha complacido, tampoco me complace a mí». Él, inasequible al desaliento, suplicó de nuevo: «Bésame, que me muero». Repuso ella: «No quiero». Entonces Juan cayó muerto. Tieso como un ajo el de Marcilla y arrepentida ella, en el velorio del muchacho, delante de todo el mundo, lo besa con pasión y cae igualmente fulminada. Siglos llevaban los amantes de Teruel emocionando al mundo con su historia, hasta hoy, que gracias a la ciencia holandesa, conocemos los efectos perniciosos del beso y sus bacterias asesinas. Mira tú si no podían haberse entretenido criando tulipanes, los jodidos.

En fin, que el beso es peliculero, a veces ingrato y puede que lleve bichos, pero, qué quieres, da gustico, oye, y para tres días que se vive…

Armando Barcelona Bonilla

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