Huyendo del terremoto de 1755 junto con otras seis familias de colonos procedentes de Massachusetts, Ezequiel Osborn y su esposa Rebecca, pusieron los cimientos de la ciudad de Frightfulville a orillas del río Arkansas, en lo que hasta entonces había sido la Luisiana francesa, recién cedida a España por los galos tras la Guerra de los Siete Años.

Los comienzos fueron difíciles para todos ellos, a pesar de que abundaban los pastos, el clima era suave y la administración española, que por entonces estaba bajo el mando del gobernador Luis de Unzaga al que se le conocía como «le Conciliateur», supo crear una relación comercial y de comunidad con los nativos, Quapaw, Osage y Túnica, que facilitó la consolidación del asentamiento.

Trabajando duro y con la suerte de su parte, los Osborn acumularon tierras, riquezas y propiedades, llegando a ser el apellido más poderoso del condado durante más de cien años. No tuvieron hijos y, superada ya la madurez, adoptaron a la niña recién nacida de una de las trabajadoras de la granja, Edwina Sanders, una mujer a la que gran parte de sus vecinos tomaban por bruja y que no pudo sobrevivir al parto. A la chiquilla le pusieron por nombre Abigail. En 1791 murió Ezequiel. Lo enterraron en el panteón familiar que había mandado construir en Luncheonhill, el cementerio local, y tres años más tarde lo hizo Rebecca, quedando Abigail heredera universal de todos los bienes del matrimonio. Solitaria y poco sociable, Abigail Osborn se encerró en su mansión a las afueras del pueblo y allí vivió, apartada del mundo, esquiva, enigmática y alimentando la atención morbosa de sus vecinos, que miraban los muros de su casa con recelo, pues imaginaban que tras ellos se llevaban a cabo ritos sacrílegos, emparentados con la hechicería, el satanismo y la blasfemia.

Entre 1814 y 1817 una extraña epidemia atacó al ganado con inusitada virulencia. Todos sufrieron las secuelas, la mayoría se arruinó y hubo hambruna. Pero por alguna extraña razón, aquella peste pasó de largo por la casa Osborn, solo unas pocas reses murieron con su marca.  La gente comenzó a hablar, algunos señalaron a Abigail, la heredera de la bruja, como causante de la tragedia. Pronto se difundieron rumores sobre supuestos acontecimientos anormales que tenían origen en la casa: luces fantasmagóricas; apariciones nocturnas; visitas de gentes extrañas. Hasta que en abril 1818, siendo ya una anciana de ochenta y cuatro años, fue acusada de brujería y tras un juicio plagado de falsos testimonios, miedo y superstición, la condenaron a morir en la horca. Se dieron prisa en ejecutar la sentencia y la colgaron a finales de ese mismo mes. Cuentan que fue sepultada junto a sus padres adoptivos en el panteón de la familia, con todas las joyas y objetos valiosos que constituían el patrimonio Osborn y luego prendieron fuego a la casa en un intento de purificar con las llamas el maleficio que supuestamente había traído a Frightfulville.

Nadie conocía mejor el cementerio de Luncheonhill que Jack Cara de Sapo Bartlett. Más de cincuenta años ejerciendo de sepulturero, gerente y único guardián del viejo y desvencijado complejo funerario constituían aval suficiente. El trabajo era aburrido, lúgubre y el salario escaso, pero había aspectos que lo hacían aceptable: vivienda gratis, inquilinos poco exigentes y, si no se tenían demasiados escrúpulos, siempre se podía sacar un extra desvalijando a los muertos. Ninguno iría a denunciarlo ante ningún juez.

No se relacionaba con nadie, apenas salía del cementerio, solo a la taberna y al colmado de Perkins, para abastecerse de lo necesario: comida, tabaco y bebida, por la que sentía una especial devoción. Pocos en el pueblo simpatizaba con él, iba mal vestido, sucio y olía de modo ofensivo. Su aspecto físico causaba rechazo: ojos saltones, siempre enrojecidos por la borrachera, cara ancha y redonda sembrada de asquerosas verrugas, nariz aplastada, como si se la hubieran encajado de un puñetazo y labios sin perfil, planos, lineales, apenas una cicatriz en medio del rostro, el limpio corte de bisturí de un cirujano satánico. El mote de Cabeza de Sapo le cuadraba a la perfección y a todo ello se unía un condenado carácter pendenciero y retador. 

En 1919, coincidiendo con la pandemia de gripe, mal llamada española, la población yacente de Luncheonhill creció de forma considerable. Por entonces era relativamente habitual, sobre todo entre las clases acomodadas, enterrar a sus deudos con algunas pertenencias de valor, que en vida hubieran sido muy apreciadas por el difunto: sortijas, collares, relojes, incluso dinero de bolsillo. El joven Jack Bartlett tenía una libreta en la que iba anotando los datos de cada enterramiento y si alguno suscitaba su interés, dejaba pasar el tiempo hasta que las manifestaciones de luto empezaban a ser menos intensas, las visitas a la tumba ocasionales y la familia bajaba la guardia. Un par de años, como mucho, y había llegado el momento de la cosecha. A lo largo de medio siglo profanó cada una de las tumbas, nichos y panteones, que le sugerían la posibilidad de un buen botín. Todas menos una, la cripta de la familia Osborn. Algo había en esa vieja capilla de piedra colonizada por líquenes y musgos centenarios; una ponzoñosa maldición se intuía en las filigranas de hierro, que adornaban la puerta carcomida por el óxido, una maldad supersticiosa y protectora, que alejaba al ladrón, pese a la tentadora promesa de riquezas, que supuestamente se guardaban tras aquellos muros.

Aquel año de 1970 la población de Frightfulville pasó de las cinco mil almas. Eso era bueno, pero cuanta más gente nacía, más moría y Luncheonhill se quedó pequeño, resultaba complicado encontrar espacios para enterrar a los muertos entre aquellas tapias y el condado decidió construir un nuevo cementerio en Plainsad, a media milla del pueblo, y la vetusta huesera quedó condenada. Aprovechando la circunstancia, los que mandaban en la asamblea estatal decidieron que Jack Cara de Sapo Bartlett ya no estaba en edad de seguir trajinando entre lápidas rotas y cruces torcidas, no era útil, y resolvieron jubilarlo, con su agradecimiento por los servicios prestados y una pequeña compensación económica. Pero el viejo canalla tenía otros planes.

Un laberinto de túneles corría bajo el subsuelo del cementerio, Barlett lo sabía bien, durante los últimos cincuenta años los había recorrido, señalizado, cartografiado. Le eran especialmente útiles en su faceta de saqueador de tumbas y conocía el origen de aquella obra de ingeniería. No estaba solo; algo más habitaba en aquel lugar, lo sentía en los huesos, en la fetidez que traía el viento durante las serenas noches de verano, cuando apuraba la botella de licor en el porche, oyéndolos excavar sus galerías bajo la tierra caliente, abriéndose paso a través del limo pegajoso en busca de algún enterramiento no demasiado antiguo. Nunca se dejaban ver, pero no podían ocultar la impronta de sus dientes afilados en los huesos de los cadáveres. Barlett, con sus propios ojos, había sido testigo de ello, cuando mancillaba los restos descarnados de los muertos en busca de cualquier objeto valioso, que le permitiera una noche más de borrachera.

El comisionado Garreth le dijo que podía quedarse en la casa del guarda hasta principios del verano, luego debería abandonarla y buscarse un sitio donde vivir. Tenía que darse prisa, la primavera estaba muy avanzada y si eran ciertas las cosas que se contaban del panteón Osborn, debería hacer más de un viaje para vaciarlo de sus riquezas. Decidió que lo haría la noche del 29 de abril, el día que Abigail Osborn fue llevada al cadalso hacía ciento cincuenta y dos años. Era su macabra forma de darle las gracias a la bruja. Si tenía suerte no terminaría el mes de mayo en aquel pestilente agujero ni volvería a ver en esta vida la cara de porcino abotargado del comisionado Garreth. Bebió un largo trago de güisqui directamente de la botella, eructó ruidosamente y aguzando el oído, comprobó, como cada noche, que los engendros necrófagos andaban de caza arañando las entrañas de la tierra, pertinaces en la construcción de sus caminos al infierno y, pese a la insensibilidad que le confería la borrachera, no pudo reprimir un escalofrío de terror.

El día elegido para llevar a cabo el expolio amaneció gris, plomizo. Durante toda la mañana nubes, cada vez más oscuras, surcaron el cielo, azuzadas por un viento gélido impropio de la estación. A media tarde comenzaron a caer las primeras gotas de lluvia y por la noche, cuando el viejo sepulturero abandonó el refugio que le proporcionaba la casa del guarda para ir en busca de su preciado tesoro, la tormenta rugía con furia, jarreando cortinas de agua, como si todos los dioses creados por el hombre se hubieran puesto de acuerdo en castigar a la humanidad por sus pecados.

La de los Osborn era una cripta excavada varios metros bajo tierra, sobre la que el arquitecto había erigido un túmulo, antaño revestido con un cuidado césped, pero el tiempo, la desidia y el olvido la cubrieron de maleza. En su base, una puerta de hierro repujada de arabescos, hoy carcomidos de herrumbre, protegía el eterno descanso de los miembros de la familia. Violentar aquella endeble protección no habría sido problema para Cara de Sapo, pero su crimen tenía que pasar inadvertido, no debían quedar evidencias visibles de la profanación, accedería a la tumba por los túneles, los conocía como la palma de su mano y era la mejor manera de no dejar huellas. 

Jeremia Swuldermain murió en 1746, así rezaba un rótulo cincelado en la piedra, cubierta de musgo y partida, que ya no protegía la fosa en que debían descansar sus huesos. Del buen hombre no quedaba ni el recuerdo, hacía muchos años que la tumba solo servía de refugio para las ratas y era una de las muchas puertas de acceso a las galerías, que los necrófagos habían ocultado a la vista de la gente. Barlett la utilizaba cuando le era necesario para sus inconfesables negocios, además apenas distaba cincuenta metros de su objetivo, la cripta Osborn, y que entre las dos mediara un intrincado laberinto de túneles, a Cara de Sapo no le suponía un problema, los había recorrido cientos de veces, en ellos se movía como pez en el agua. 

Dentro del agujero hacía calor, la merma de oxígeno y el exceso de humedad provocaban una sensación de ahogo a la que, por otra parte, ya estaba acostumbrado. Quienes construyeron aquellas galerías necesitaban poco espacio para moverse, las hicieron a la medida de su reducido tamaño y Barlett tenía que gatear, cuando no arrastrarse directamente por aquel limo pegajoso, que las filtraciones de agua provocadas por la fuerte intensidad de la tormenta habían convertido en un auténtico cenagal, en el que chapoteaba con esfuerzo, escupiendo bufidos, sibilancias y blasfemias. Una linterna de minero sujeta en la cabeza mediante una banda de goma iluminaba el camino, que cada poco se convertía en encrucijada porque nuevas galerías se iban abriendo tanto a izquierda como a derecha; solo la experiencia acumulada, los hitos con que durante años había ido marcando la situación exacta de cada lugar y el auxilio de una pequeña brújula de bolsillo, le permitían manejarse en aquellas angostas profundidades, con la misma soltura que a cielo abierto.

La fuerza de la tormenta era de tal intensidad, que el agua se filtraba convirtiendo las galerías en un sumidero cada vez más caudaloso por el que Barrlett avanzaba con extrema dificultad. Había tenido la precaución de hacerse con una buena cantidad de piquetas para vientos y cada pocos metros clavaba una en la pared arcillosa, pasando por la argolla el cabo de un cordel, que a modo de hilo de Ariadna lo mantenía unido con el exterior. Con todo, la situación comenzaba a ser angustiosa, según sus cálculos faltaba muy poco para llegar a la cripta; estaba seguro de que los carroñeros hace mucho habrían abierto un acceso: «todas las tumbas del cementerio tienen puerta de servicio», era su broma preferida en la taberna para importunar al resto de parroquianos, cuando la borrachera le soltaba la lengua. 

En esa parte el agujero se estrechaba sensiblemente, apenas podía seguir avanzando con extrema dificultad, palmo a palmo, pegado al suelo como las serpientes, con el espacio justo para mantener la cabeza fuera del torrente de agua que no dejaba de crecer. De pronto el suelo formó un plano inclinado por el que resbaló sin remedio, hasta quedar hundido hasta el pecho en un pozo de barro y agua. Por primera vez tras media centuria arrastrándose como un gusano por aquella infectas cloacas del infierno, Jack Cara de Sapo Barlett temió por su vida. 

El foso donde había caído no presentaba en sus paredes ningún resalte, piedra o roca que pudiera servirle de ayuda para salir, eran completamente lisas, fangosas, resbaladizas y el agua seguía subiendo. A una altura aproximada de un metro sobre su cabeza se abrían cuatro galerías: la que acababa de escupirlo; otra más grande frente a aquella, que parecía ir en sentido ascendente, y dos más, también enfrentadas, a izquierda y derecha de las anteriores. Intentó alcanzar alguna saltando, pero resbalaba en el barro y no podía tomar impulso suficiente, además, algo que crujió bajo sus botas con un chasquido de huesos rotos, contribuyó a incrementar sus niveles de ansiedad. El estar sumergido hasta el cuello en un líquido nauseabundo y pegajoso, en lo que sin duda era una antigua fosa común distaba mucho de ser un elemento confortante.

Tenía el rollo de cuerda que lo mantenía en contacto con el exterior y pensó utilizarlo para escalar la pared volviendo a la galería por la que había llegado hasta allí, de conseguirlo sería fácil desandar el camino, salir de aquella trampa e intentarlo de nuevo en mejores condiciones. Corría mucho riesgo porque era fina, poco más gruesa que un cordel y si cedía, la situación iba a empeorar ostensiblemente, pero no le quedaban muchas opciones y decidió jugar esa baza. Tiró fuerte del cabo para comprobar su firmeza. Parecía aguantar. El limo resbaladizo no le permitía ayudarse de los pies para escalar, así que comenzó a ascender a pulso. A pesar de su edad avanzada aún tenía fuerza en los brazos y el miedo le proporcionó la que le faltaba. Poco a poco, con un gran esfuerzo se fue acercando al objetivo, ya casi podía alcanzar con las manos la boca del agujero, pateó en el agua para ayudarse en el último impulso y justo en medio de ese escorzo, la cuerda se rompió y Cara de Sapo cayó nuevamente a la fosa, hundiéndose por completo en aquel líquido pestilente. 

Chapoteó hasta ganar de nuevo la superficie. La linterna empezó a dar muestras de fatiga; seguramente el agua estaba afectando su funcionamiento. Dos puntos rojos se destacaron en la oscuridad de una de las galerías laterales y pronto se le unieron otros más. Con la respiración agitada, tanto por el esfuerzo, como por el terror, que ya se había adueñado de él, trató de mantenerse a flote consciente de que estaba siendo observado por aquellos seres repugnantes. Únicamente le quedaba una posible vía de escape: el túnel más grande que parecía ascender hacia alguna parte. Seguramente una tumba ya profanada, pero si llegaba hasta ella encontraría la forma de salir del apuro. Debía mantenerse a flote, dejar que el nivel del agua siguiera subiendo hasta que le permitiera alcanzar la boca de esa oquedad. Sin embargo, la situación se hizo más difícil cuando la linterna parpadeó un par de veces más antes de morir. En la completa oscuridad, Barlett pudo ver claramente que la cantidad de puntos rojos que le observaban desde los túneles laterales se había incrementado de forma considerable y un ruido sordo, viscoso, como de cuerpos reptando por el barro se hizo patente a los oídos del viejo sepulturero, que, espantado, giraba en el agua tratando de orientarse en la negrura hacia la salvación. Tanteó la pared con las manos hasta encontrar el hueco y con él la esperanza. Se aferró a la tierra fangosa. La congregación de necrófagos era tan grande, que el fulgor rojo intenso que despedían sus ojos ponía un toque de fantasmagórica y tenue iluminación a la escena, mientras se oía llegar más y más de aquella tropa infernal. 

Barlett reunió las escasas fuerzas que le quedaban para tomar impulso con los brazos, logrando colar medio cuerpo dentro del túnel salvador; pero justo en ese momento, cuando ya creía haber conseguido lo más difícil, algo, por debajo del agua, se enredó a sus tobillos. Podían ser algas, restos de raíces podridas o unas garras sarmentosas que tiraban con fuerza de él. Clavó sus dedos en el fango utilizándolos como garfios de anclaje, en un intento desesperado de ganarle la partida a la muerte. Se le quebraron las uñas. Se sintió vencido y diez surcos profundos se fueron formando en el limo mucilaginoso, conforme era arrastrado a las profundidades del pozo. El rugido de un trueno formidable, capaz de atravesar la tierra, recorrió las galerías ahogando el último alarido histérico de Jack Cara de Sapo Barlett. Cesó la tormenta. Pasaron las nubes. Una luna roja de sangre marcaba el horizonte de las cruces torcidas del camposanto. Pronto desaparecería del cielo para dejarle espacio al nuevo día.

El otoño amarilleaba los castaños de la avenida Madison, el comisionado Garreth dejó de admirar el espectáculo, se apartó del enorme ventanal y volvió a centrarse en el plano del nuevo parque Osborn, que el condado iba a levantar sobre lo que en otro tiempo había sido Luncheonhill. El proyecto que le presentaban los arquitectos tenía como epicentro el túmulo que albergaba los restos de la familia Orborn. Un reconocimiento ciudadano, en desagravio por la injusta muerte de Abigail en 1818, condenada por la superstición, el miedo y la ignorancia de sus vecinos. En el nuevo cementerio de Plainsad ya se había habilitado una fosa comunitaria, que albergaría los restos procedentes de la antigua necrópolis y una estela funeraria dejaría testimonio de todos los nombres de aquellos cuyos despojos pudieran ser identificados; finalmente, un moderno panteón iba a ser el refugio definitivo para Ezequiel, Rebecca y Abigail Osborn. En el nuevo parque, la casa del guarda se ampliaría para convertirla en biblioteca pública. 

El futuro traslado de los cadáveres de la familia Osborn a su nuevo destino volvió a sacar a la luz antiguas leyendas y no eran pocos los que creían que al abrir la cripta iban a encontrar un inmenso tesoro digno de reyes. Cuando alguien le preguntaba sobre ello, el comisionado Garreth se limitaba a sonreír, enigmático, y dejaba que la gente siguiera alimentando la leyenda. Pero la realidad era otra y todo aquel que se hubiera tomado la molestia de investigar las actas del proceso seguido contra la vieja dama, que se custodiaban en el archivo municipal de Frightfulville, sabía que junto con la sentencia de muerte, el juez ordenó la expropiación de todos los bienes de la familia: ganado, tierras y objetos de valor, que pasaron a formar parte del patrimonio del condado. A la anciana la enterraron con lo que llevaba puesto el día que pasó por la horca: un ajado vestido de lana, zapatos negros de piel con hebilla de acero y una pequeña cruz de madera, que le dejó, como única herencia Edwina Sanders, su verdadera madre, la sirvienta de los Osbonr con fama de bruja que no sobrevivió al parto. Era la única joya que Abigail llevó colgando de su cuello, enhebrada a una fina tira de cuero, durante todos los años que duró su vida y que, no podía ser de otra forma, la acompañó en su viaje al más allá.

Así nacen y mueren las leyendas y se edifica la historia.

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