Con enorme fastidio dejó de leer el periódico. Lo dobló por la mitad dejándolo sobre la mesa y se removió en la silla, molesto por el alboroto que montaban aquellas dos bestezuelas chillonas, mofletudas, paticortas y rubias como angelotes de Murillo, correteando entre las mesas al amparo de la protección cómplice de sus madres, que con absoluto desprecio por el entorno, disfrutaban de su aquelarre tertuliano ausentes al estropicio ambiental que sus querubines estaban causando.

La primavera había llegado ansiosa de orgasmos y la mañana estaba deviniendo en una maravillosa experiencia de promiscuidad para los sentidos. Inflamada por el deseo, la rosaleda, con su más provocativa lencería de colores, se abría de pétalos ofreciendo, lúbrica, a la voracidad golosa de sus amantes potenciales, la viscosa miel de sus estigmas. En la enramada, el herrerillo suplicaba amores con gorjeos interminables, que llevaban tintes de romanzas viejas. A caballo de la brisa, como walkirias desatadas, fragancias querendonas de gardenias, lavandas y peonias, despertaban la concupiscencia de las pituitarias. El sol sabía a sal, olas morosas y a tersuras morenas perladas de sudor, mientras que las manos ya gozaban de esa ansiedad melosa y húmeda, que anticipa los gemidos del éxtasis. Pero aquellos dos monstruos canijos hacían imposible una orquestación a la medida de esa sinfonía.

—Kevin, Amin, venid aquí, portaos bien y no molestéis a ese señor.

«No podía ser de otra manera», pensó Alberto, «eran irritantes y vulgares hasta para ponerle nombre a los críos».

—Pilar, bonita, que son niños y no molestan, además no hay casi nadie, déjalos que disfruten.

«¿Y yo, quién soy, culigorda insatisfecha? ¿A caso no me ves? ¿Formo parte del mobiliario urbano? Mete en una jaula a tu bastardo y volved al zoo del que os habéis escapado», tomó la copa con intención de apurar el último trago y desaparecer de allí en busca de escenarios más amables.

—¿Alberto? ¡Por Dios, no puede ser! ¿Eres tú? ¡Claro que lo eres! ¡Cuanto tiempo, no me lo puedo creer!

Enfrascado en su diálogo interior, no la había visto llegar y, como una bendita aparición, surgió de la nada delante de sus narices: Clara, su amor de la infancia, adolescencia, juventud, de toda su vida. Su único amor. Por ella había cometido las mayores locuras, los disparates más inimaginables. Era su obsesión, la fiebre que le consumía a todas horas. Por pasar un minuto a su lado sacrificaba días enteros de vigilia para hacerse el encontradizo y poder dirigirle la palabra, aunque solo fuera para darle el parte meteorológico o acompañarla a la boca del metro. Clara, la musa que alimentaba sus fantasías, el fulminante que hacía explotar su bomba de hormonas, la compañera imaginada en sus noches de insomnio, que nunca entendió que a él la amistad se le quedaba corta. Y ahora estaba allí, espléndida, elegante, más hermosa aún que hace… cuanto ¿treinta, cuarenta años? Perséfone encarnada en otra diosa primaveral. Un dulce lenitivo para sus sentidos maltratados.

»Alberto, ¡qué alegría! Los primeros amores nunca se olvidan, ¿verdad?

«¡Alto, cuidado, arenas movedizas! Yo era invisible para ti, corazón», rememora Alberto, desconcertado, «nunca me diste la más mínima oportunidad, y no sería porque no lo intenté de mil maneras. Estás mezclando recuerdos, querida, poniendo mi piel en la esencia de otro. No me rompas de nuevo el corazón, te lo suplico».

»Porque eres Alberto, ¿no? ¡Ay que no eres tú! ¡Que la estoy liando! ¡Qué bochorno, por Dios!

—Pues no, no soy ese afortunado Alberto —mintió por pura estrategia—, me llamo Pedro, me gusta el vermú de grifo, este que sirven aquí es de lo mejorcito, créeme, y pensaba que el día comenzaba a nublarse hasta que has aparecido tú para restablecer el equilibrio.

«Vaya, tiene labia, el tío, y está bueno. ¿Qué tendrá, un par de años más que yo? Se cuida, eso se nota: no tiene barriga, está moreno, le da mucho el sol, y debajo de esa camisa de lino se adivinan horas de gimnasio. Lo mismo no ha sido tan grande la metedura de pata, Clarita».

—Qué vergüenza, pensarás que estoy loca o cosas peores. Me llamo Clara, no suelo comportarme como una idiota, al menos a estas horas de la mañana, y perdona, chico, pero eres igualito a alguien que conocí hace mucho tiempo, de eso estoy segura. Sin embargo, ahora ya dudo si se llamaba Alberto. Soy un desastre. Lo siento.

«Qué guapa estás, vida mía. Si Alberto fue para ti invisible, no voy a arriesgar esta mano diciéndote la verdad, al menos de momento. Venga, Pedro, tira los dados».

—Aquí el único idiota impresentable soy yo —dice él invitándola con un gesto a sentarse—, grosero y desconsiderado, porque no he tenido los reflejos ni la elegancia que alguien como tú estará acostumbrada a disfrutar. ¿Tomamos algo? —casi suplica mientras llama la atención del camarero—. Te recomiendo el vermú, todo un descubrimiento, ya verás, y de paso picamos alguna cosa, si te parece oportuno. Lo malo son estos bichos —señala con cara de disgusto a los críos, que siguen armando bulla—. ¿Te gustan los niños? ¿Tienes hijos? ¡Vaya, qué torpe! No me contestes, si no quieres, estoy siendo indiscreto. Te pido disculpas.

«Además de estar bueno, se maneja muy bien en la distancia corta. Cuidado, Clarita que este es de los que te encajan en el perfil. Pasitos cortos, mi niña, pasitos cortos».

—No, tranquilo, no me molesta que lo preguntes y no, no tengo hijos, ni siquiera pareja. Digamos que me encuentro en uno de esos momentos valles de introspección, tan saludables, que una debe tomarse de vez en cuando.

«Yo sí que me perdería en tu valle irremediablemente. Pero lento, Alberto, no la espantes». La llegada del camarero con la comanda interrumpió sus pensamientos.

—Tienes razón, Clara, hace bien darle descanso a las emociones, sacarlas al sol, que se ventilen. Yo también estoy en una de esas curas de reposo. ¿Te gusta el brebaje? Para mí es insuperable.

Una sutil ráfaga de viento agitó la arboleda, poniendo en las hojas repiqueteo de campanillas y sones de marimba. Un silencio compartido alfombró el camino de la confidencia.

—Sinceramente, me alegro de haberte confundido con otro, pero quiero compensar la metedura de pata de alguna forma. Deja que te invite. Yo pago esta ronda.

—Soy un hombre fácil, Clara, si me das tiempo te lo demostraré. Pero acepto con una condición.

—¿Cuál?

—Que yo pago la comida.

—¿Qué comida?

—¿Te gusta el sushi?

—Me encanta.

—Conozco un japonés increíble muy cerca de aquí. ¿Vamos?

Ella duda un instante, apenas medio segundo, que a él le parece una eternidad.

—Vamos.

»Pedro, ¿te has dado cuenta de que hoy todo tiene un brillo especial? Las flores, el cielo, la brisa…, la mañana suena cristalina, limpia, sincera, como el canto de ese pájaro que se oculta entre las ramas.

—Es un herrerillo, Clara, y canta porque busca enamorada. Pero ella todavía no lo ha visto, anda buscándolo por la alameda. Tarde o temprano se encontrarán. El amor nunca es invisible, aunque a veces pueda pasar inadvertido.

—Y encima me has salido poeta —sonrió ella divertida colgándose de su brazo mientras recorrían el sendero buscando la salida del parque—. ¿Seguro que no nos hemos visto antes en algún sitio?

—Yo a ti sí, en mis sueños —respondió él, sintiéndose flotar en el suelo terroso, como si caminara sobre una alfombra de besos.

El mediodía se convirtió en una orgía de pólenes; desde alguna gramola cercana, Dinah Washington se declaraba loca por el chico y hasta las campanas del convento de las Adoratrices del Santo Prepucio terminaron replicando a gloria. Milagros de la primavera que, mire usted lo que le digo, en verdad la sangre altera.

Armando Barcelona Bonilla

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