Una vez leí que los personajes anónimos, los partiquinos que aparecen brevemente en nuestros sueños, existen en la vida real. Me explico. Tu escenario onírico, por poner un ejemplo, es una calle cualquiera, por la que caminas en pelota picada, cruzándote con un montón de gente, que no has visto en tu vida, a la que tu desnudez se la trae floja. Pese a que eres muy progre, estás de vuelta de casi todo y orgulloso de tus michelines, te sientes algo incómodo y pagarías lo que te pidieran por una hoja de parra. De repente aparece tu padre —a este sí lo identificas; lleva una cara de mala leche que acojona—, y sin decir ni pío te despierta con un par de hostias. Pues bien, toda esa colección de extras desconocidos que salían en tu sueño parece que sí existen en la vida real y se han cruzado contigo en algún momento de tu existencia sin que les prestaras atención.

La cosa funciona más o menos así. Mientras andas a lo tuyo, la rutina diaria, en modo automático, tu cerebro, que va por libre, está haciendo un casting de posibles figurantes: la rubia parada frente al escaparate de la zapatería, el chaval que viene a toda leche por el carril bici, el farmacéutico de Almendralejo que te vendió los ansiolíticos, porque te los habías dejado en Zaragoza… Todo ese material lo archiva en alguna parte y luego, cuando estás metido hasta el cuello en la fase REM, tu inconsciente tira de material y te  monta la película. El 90 % de los intervinientes son figurantes desconocidos. ¿Cómo te quedas?

Tiene su lógica. Ya cómo emplees esos recursos es cosa tuya, depende de cómo gestiones tus neuras, tus vicios y cómo andes de imaginación. En esa faceta, a los cuentistas se nos va mucho la mano. Pasa con frecuencia que estamos tan encantados con nuestra ensoñación, que despertamos excitados porque allí hay materia para una historia, pero una de las buenas, de premio Planeta para arriba. Medio en coma nos tiramos de la cama, ganamos el escritorio dando bandazos por el pasillo y en un papel cualquiera dejamos constancia escrita de hasta el último detalle que recordamos del sueño, ahora que aún está caliente la escena. Luego, igualmente a trompazo limpio, desandamos el camino hasta el catre, con la vana esperanza de recuperar la novela en el mismo punto donde quedó. A la mañana siguiente no recuerdas absolutamente nada de la puta alucinación, pero como lo pusiste todo por escrito estás tranquilo. ¡Hostias se van a dar las editoriales por publicar tu best seller! Después de la ducha, las tostadas y el café, vas al escritorio, recuperas tus notas, dispuesto a comenzar el viaje hacia la gloria, y lees:

«Una rubia en tetas se está dando una ducha y me hace un guiño para que la acompañe. De la nada aparece un chaval en bici, con una enorme mochila de GLOVO a la espalda. Dentro va un señor de Almendralejo, en pañales, que me pide un trankimazin. Busco al tipo de la bicicleta y lo veo dentro de la ducha, con la rubia. Cierran la cortinilla. Me meto un dedo por el culo y canto La Marsellesa. Entra al galope un caballo, que tiene toda la cara de mi tío Anselmo, y se caga en la moqueta».

La evidencia no es solo que te has quedado sin el Planeta, sino que tu sueño está lleno de desconocidos…, pero menos; eres un fanático del cine de Buñuel y debes buscar ayuda profesional con lo de tu tío Anselmo.

Pero hay algo más perturbador. Si esta teoría del casting cerebral es cierta, seguramente tú también serás el desconocido figurante en los sueños de otros, te harán actuar en sus fabulaciones, según sus vicios y perversiones y a saber qué papeles te tocará representar. Que no te pase nada. Con la de gente rara que hay por el mundo. No quiero ni pensarlo.

Armando Barcelona Bonilla

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