«Tú no lo entiendes. ¡Qué vas a enter! Tan segura de ti misma, en el cenit de tu carrera. ¡Cómo lo vas a entender! Pero tengo miedo al fracaso, a ser un fraude, a quedarme en blanco, a entrar en pánico».

El silencioso monólogo, con el espejo, forma parte de la rutina habitual, mientras las finas capas de cosmético van componiendo la parte visible del personaje, esa que en unos minutos quedará expuesta al escrutinio de la gente.

«Aprensiones mías, dices, una obsesión, que nada de esto es nuevo, que son muchos años —eso te lo admito—, mucho tiempo, demasiado, desde aquella primera vez en… ¿Matera?, ¿Rímini?, ¿Ferrara? ¡Hasta eso he olvidado, por Dios!»

Se levanta de la silla, da unos pasos por la escasa habitación. En una percha cercana cuelga un abrigo de cuero de corte moderno, y junto a él, un Gucci de fieltro de ala ancha, acostumbrado a esperar, se amodorra dulcemente, sin complejos.

«¡Qué sabrás tú lo que yo siento! La zozobra que me estruja las tripas, la agonía que descompasa los latidos de mi corazón, el desasosiego, que estrangula el aire en mis pulmones y, sin embargo, la inquietante atracción que ejerce sobre mí ese abismo sin fondo, que se abre a mis pies y me llama dulcemente, por mi nombre. 

¡Qué sabrás tú, ahí, fría, insensible, flemática y a salvo en tu torre de marfil!».

Se alisa el vestido con mano nerviosa. Un último retoque en el peinado. Una medalla cuelga sobre su pecho, un colgante, quizás un amuleto, que acaricia con amorosa devoción. 

Alguien golpea la puerta.

—Cinco minutos —avisan, con la voz del verdugo, que anuncia al reo la inminencia de la ejecución.

El pasillo, como un fúnebre presagio, está pintado de negro. Una luz brillante de candilejas, al final del túnel, le marca el horizonte de su destino. Hay gente que se cruza a su paso; se apartan ceremoniosos, le dejan espacio con una sonrisa de aliento. Del fondo, desde la luz, le llega nítido el murmullo expectante del auditorio. 

Un aplauso cerrado, cálido, sincero, saluda su aparición en el escenario. Ella corresponde con el automatismo de gestos y sonrisas tantas veces repetidos. Parece tranquila, dueña de sí, pero su mente está cegada por la bruma, completamente en blanco.

 Dirige la mirada, sin ver, hacia todas partes, como esperando un milagro, el indulto del justiciable, que nunca se hace realidad. Se apagan las luces del patio de butacas y el silencio toma cuerpo, se hace palpable, agobiante. Entonces sucede el prodigio.

Como una brisa suave, la orquesta despeja las brumas, espanta los miedos. Un preludio instrumental, de cinco compases, le acaricia el alma y aleja las zozobras. Las cuerdas insinúan trémolos de octava, para exorcizar cualquier resto de nigromancia, mientras un arpa ataca suaves acordes lenitivos y ella deja de ser Renata Sfilardi, la prima donna alla Scala milanese. El espíritu de Lauretta, enamorada, la posee, para que todo su cuerpo se convierta en una súplica angustiada, al padre, amoroso y comprensivo:

«O mio babbino caro / Mi piace è bello, bello / Vo’ andare in Porta Rossa / A comperar l’anello»

La bella campesina desfallece de amor por el gentil Rinuccio y el timbre de su voz, puro terciopelo veneciano, se modula con un pianissimo sostenuto, que se desliza por el aria, como una barca por un lago de aguas tranquilas.

«Sì, sì, ci voglio andare / E se l’amassi indarno / Andrei sul Ponte Vecchio / Ma per buttarmi in Arno / Mi struggo e mi tormento / O Dio, vorrei morir»

La línea melódica es tremendamente lírica, el dramatismo del momento se acentúa  con un retardo, mientras Lauretta amenaza con arrojarse al Arno, invocando, después, la compasión del padre, en un tempo mucho más lento para la cadencia final.

«Babbo, pietà, pietà / Babbo, pietà, pietà»

Un entusiasta ¡BRAVO!, coral, precede a la cerrada ovación y vítores encendidos, que sacan a Renata del trance, provocándole una placentera explosión de endorfinas. Tiene la gloria entre sus manos y el escenario es una moqueta de nubes sobre la que se desliza en un éxtasis cercano al orgasmo. Exultante, triunfadora, agradece la admiración del público entregado a su arte, mientras adivina junto a ella la presencia, incorpórea, de una Lauretta genuflexa, compartiendo ese momento de nirvana.

Y lo disfruta, saborea con delectación esa íntima comunión espiritual con el universo, consciente de que mañana, cuando de nuevo se enfrente al espejo, en la soledad de su camerino, momentos antes de salir al escenario, volverá a ser cautiva del miedo visceral que le inspira el fracaso, la derrota, la vergüenza. Le faltará el aire, se sentirá pequeña, insegura y frágil, hasta que un preludio instrumental, de cinco compases, le refresque el alma y Lauretta, la bella campesina de la Toscana, tome las riendas de su destino.

Armando Barcelona Bonilla

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