—El tripi estaba pasado de fecha, seguro, por mis muertos, si lo sabré yo que me he metido mierdas de todos los colores. La noche me confunde, soy de natural licantrópico, me sale el bicho que llevo dentro, como a todos, pero nunca había desfasado tanto, se lo juro, doctor. Sí, aquel día estuve flojo, se dio mal, me pasa mucho últimamente, todos habían pillado cacho menos yo y entré en modo “mal menor”, a machete con lo que se mueva, esa parte en la que vale todo y cualquier agujero es trinchera; de manera que Gertrudis era una opción tan buena como cualquier otra.

—Este, ¿pero vos…?

—No, no, espere, le cuento, que si no pierdo el hilo. Ella, la verdad, andaba esquiva, huidiza, tirando a montaraz, incluso, y reconozco que tenía razón: que a esas horas de la madrugada se te venga encima un desecho de tienta en celo, espumeando baba por los belfos y con un colocón del quince, no es nada tranquilizador.

—Este, ¿entonces vos viste…?

—¡Pero calle, coño, que me pierdo! Fue entonces cuando me dio el chungo, hubo algo así como un fogonazo que me deslumbró y, de la nada, aparecieron ellos, cinco barbudos vestidos con sayas, que me señalaban con el dedo, serios y negando con la cabeza como quien dice: «¡qué burro eres, Manolín!». Yo, acojonado vivo, me parapeté detrás de la Gertrudis, pobre, pero ya sin ninguna intención de apareamiento, de manera poco galante, usándola como exorcismo anti apariciones.

Manolo, escucha, la ética no afirma valores morales absolutos —me soltó a bocajarro uno de aquellos fantasmones—, se ayuda de criterios comparativos para elegir entre bienes diferentes, luego no es posible aplicar, en tu caso, con la Gertrudis, el criterio del mal menor, porque existen alternativas y no estamos, en absoluto, en la disyuntiva de escoger entre dos males definitivos —esto último lo dijo moviendo el puño, arriba y abajo, como quien toca la zambomba.

—¡Coño, Platón, eso mismamente le dije yo a Glaucón, una tarde que pasé en el Pireo con Polemarco, no haces otra cosa que apropiarte de mis discursos —refunfuñó otro, viejo, feo de cojones y con pinta de tener úlcera de estómago—, anda que no se puso cabezota tu hermano con el puñetero anillo de Giges y la natural inclinación humana a la injusticia. Búscate tus propios argumentos, leñe, que ya tienes una edad.

—No te sulfures, Sócrates, que este todo lo echa en sombras de la china, cavernas, mundos sensibles y mundos inteligibles —el que hablaba tenía un porte más altivo, marcial, como si estuviera habituado a la vida castrense—. La experiencia, amigos míos, el hilemorfismo, es lo que mueve el mundo. Pero Manoliño, hijo, tu concepto del teleologismo es muy cutre. El fin no siempre justifica los medios y aunque la naturaleza humana es posible que se incline hacia el mal, coincido con Platón en lo de la zambomba. ¡Hombre, no me jodas!

—Discrepo, Aristóteles, ¡qué quieres que te diga!, ya lo hemos hablado otras veces, yo no admito la existencia ontológica del mal, aunque sí la realidad del mal moral como mal absoluto —este iba de mitra, casulla y llevaba un báculo en la mano—. Así que lo del mal menor es una milonga, ya que un mal moral o la violación, nunca mejor utilizado el término, de un valor absoluto, nunca pueden ser considerados como «males menores». ¡Manolo que te condenas!

—Joder, Agustín, qué plasta te pones con tu buenismo, la gente es mala y hay que meterla en cintura para que se comporte —este era, lo supe luego, Zenón de Sitio, un estoico de narices—, y el mal menor es un principio, no un criterio, como tú defiendes. Pero dicho esto: ¡Manolo, jodido, deja en paz a la cabra, carajo, ya! ¡Estáis enfermos, la juventud, por todos los dioses!

—Y desaparecieron de golpe, tal como llegaron. Pero desde aquel día estoy a base de ansiolíticos, en un sinvivir, que no he vuelto a ser yo, vaya.

—Este, vos sos un boludo descerebrado, no tenés remedio. Pero ¿y la Gertrudis, cómo le fue?

—No, divinamente, sin problemas; entre unas cosas y otras no llegamos a consumar. Dejó de dar leche un par de días, por el susto, nada más. Hemos quedado como amigos, aunque nos vemos poco. ¿Qué puedo hacer, doctor, para salir de este trauma metafísico en el que me han metido?

—El doctor no llegó todavía. Yo recíén vine a componer el aire acondicionado. Qué sé yo. Pegáte un tiro, vos, y andá, que tengo laburo.

Armando Barcelona Bonilla

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