Soy optimista de nacimiento. Decía mi madre, que en el parto, en vez de llorar, como hacen todos los críos, yo me eché unas risas. A lo mejor solo eran cosas suyas, quién sabe. Qué quieres que te diga, no me acuerdo, pero si ella lo afirmaba será verdad.

No creas que eso de ver la botella siempre medio llena es una suerte, ¡qué va, ni de coña!; a lo que te quieres dar cuenta está seca, vacía y tienes que ir de culo por ahí mendigando un chupito. Todo tiene su aquel y yo soy así, qué le vamos a hacer.

Llevo quince años trabajando en la misma empresa, de repartidor, con una furgoneta, que entró en servicio al mismo tiempo que yo y está la pobre llena de taras: no funciona el aire acondicionado, la suspensión es más dura que un entrecot de uralita y me he quedado sin frenos cinco veces en menos de un año; pero el jefe le tiene cariño, se resiste a darle la jubilación, aunque me ha asegurado que cuando termine la campaña de primavera-verano  compra una nueva; total son ocho meses de nada, se pasan en un estornudo. Hay que ver las cosas con optimismo, ¡coño!

Otro, mi jefe, ¡más majo! Sigo cobrando lo mismo que cuando entré a currar y hago más horas que un reloj, pero el hombre me aprecia cantidad, dice que soy el mejor operario de la empresa y tiene conmigo unos detalles… Estas Navidades, sin ir más lejos, me regaló una cinta de lomo y dos botellas de sidra El Gaitero. No me digas que no es de agradecer.

Lleva ya unos años diciendo que me va a compensar las horas trabajadas de más con quince días de vacaciones, para Concha y para mí, en un sitio de esos caros en los que está todo pagado y puedes ponerte de comer y beber como «el tenazas». Yo no hago más que decirle a ella, Concha, mi señora, que se compre ropa de playa, biquinis y cosas así, no vaya a pillarla el asunto con el fondo de armario hecho unos zorros; pero no me hace caso, para mí que no se lo cree, solo me mira y se ríe. Siempre ha sido muy risueña, mi Concha.

Ayer me enteré de que me ponía los cuernos con un vecino del barrio, fontanero él de profesión. Tres años llevan de relaciones, me ha dicho un amigo, pero yo solo echo cuentas de las últimas veinticuatro horas; total es el tiempo que llevo sabiéndolo. La botella medio llena, ya sabes, soy así, optimista; mi amigo dice que eso es de gilipollas. Lo mismo tiene razón.

El caso es que me he subido a la azotea, para refrescar las ideas, fumarme un porro y hacer balance de vida, y estando en estas, por primera vez en la historia, la mía, claro, me ha dado una pájara depresiva, tú, como si la botella, de improviso, se me presentara seca, ni una gota, como te decía al principio, y oye, ha sido un repente, un ramalazo, el canuto, quizás: «a tomar por el saco», me he dicho y he saltado. 

Catorce pisos, tiene la torre, y ahora que voy por el octavo me da que he metido la pata; la he cagado bien, me arrepiento del berrinche, estoy jodido, vaya. Pero en fin, a lo hecho, pecho. Seguro que todo va a quedar en nada: caeré en un toldo, los arbustos frenarán la hostia, aparecerá, de la nada, Supermán y me cogerá a medio metro del suelo. ¡Yo qué sé! Soy optimista, te digo que salgo de esta sano y salvo, sin un rasguño, algún hueso roto, como mucho. Ya lo verás. 

O no

Armando Barcelona Bonilla

Armando Barcelona Bonilla Relatos

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