«Cuarenta años son buen abono para la nostalgia que enraíza en el alma cuando surgen las primeras canas; evocar es un verbo que adquiere sentido a partir de los cincuenta. Pero la memoria es engañosa, está hecha con retales de vida, hace crecer malas hierbas en el entorno de los recuerdos y los escenarios, que en otro tiempo se recorrieron con la familiaridad de lo conocido, hoy resultan extraños, ajenos y difícilmente transitables. 

La casa permanece en pie: algo deteriorada por el abandono, con el jardincillo delantero asilvestrado y convertido en basurero, alguna ventana desencajada y un descolorido cartel anunciando su venta, que nadie en muchos años se ha preocupado de renovar. En el antiguo descampado, que en otros tiempos la separaba de la playa, ahora se yergue un centro comercial auspiciado por una famosa cadena de restaurantes de comida rápida; el camino polvoriento, tantas veces recorrido en bicicleta, es un espacioso paseo marítimo y el resto de las viejas edificaciones ha sucumbido a la especulación, para dejar paso a una colonia de pequeños chalecitos adosados, carentes de personalidad».

—No quiero engañarte, Sebastián, la casa está en mal estado, necesita una buena inversión para hacerla habitable. Ciertamente, el precio de venta es un reclamo muy atractivo, pero es que nadie ha mostrado el más mínimo interés en ella y tú sabes muy bien la razón.

«La casa réproba, manchada por el crimen y la muerte. No hay en el mundo quién sepa más de maldiciones que yo. Llevo el horror incorporado a mi cadena genética. He consumido más de media vida en oscuros pabellones siquiátricos, donde el tiempo pasa con prisa, mirando hacia otra parte, impaciente por dejar atrás el hedor de la miseria. Pero las horas del loco no se mueven, permanecen estáticas, siempre atrapadas en la misma curva del espacio relativo».

»No puedo entender por qué te empeñas en regresar al sitio donde tu vida saltó, hecha pedazos, en una sola noche: tu madre, tu padre, tu hermana, solo tú lograste escapar a esa orgía sangrienta. Pobre chiquillo, escondido en la leñera hasta que te encontraron aquellos policías. ¿Qué perturbado pudo hacerlo? ¿En ningún momento viste su cara, oíste su voz? Pero qué digo. Perdona, Sebastián, mi falta de respeto y poca empatía; bastante has sufrido ya para que venga yo a remover el pasado.

«La puerta, combada por el olvido y la humedad, se resiste a dejarme entrar. Lo recordaba todo mucho más grande: el vestíbulo donde jugaba de crío; la escalera principal, que daba acceso a los dormitorios y la otra, más estrecha, del sótano, por donde se llegaba a la leñera. La remembranza infantil me está jugando una mala pasada con los volúmenes. Sigue crujiendo el cuarto peldaño y la barandilla ha cedido en el último tramo. Esta era la habitación de mis padres. Los estoy viendo, sí, como aquella noche: él, con los ojos cerrados, no le dio tiempo a reaccionar; ella con la sorpresa y el miedo reflejados en el último gesto. La puerta al fondo del pasillo era el dormitorio de Elena, pero murió en el corredor, hasta allí le permitió llegar la puñalada en la espalda, que le partió el corazón. A continuación, los recuerdos se tornan confusos, otra vez me engaña la memoria, un vórtice rojizo de carne rota, sangre y cuerpos eviscerados bulle en mi cerebro como una mala tormenta. 

Vuelvo al zaguán. El sótano me llama. Todavía quedan unos pocos trozos de madera carcomida en la leñera. El ventanuco que se abre al jardín está cegado por hojarasca y malas hierbas, apenas deja pasar la luz. Cuento los pasos: uno, dos, tres, cuatro, cinco. Golpeo la pared y me devuelve la consistencia del concreto. Tardo solo unos segundos en atender al juego pueril de los volúmenes: mis pasos de niño no eran como los de ahora. Vuelvo a contar; al segundo intento, encuentro la oquedad y me resulta increíblemente fácil mover los dos ladrillos. Tiembla levemente mi mano adentrándose en la oscuridad del pequeño zulo; tanteo con cuidado hasta sentir el frío metálico en mis dedos. Me llama, me posee, soy su esclavo. El puño de madera está podrido, tendré que reponerlo, por lo demás, el viejo cuchillo de cocina surge desafiante de su larga clausura. Después de haber probado el sabor de la muerte, cuarenta años de abstinencia es demasiado tiempo. Los dos sentimos la misma urgencia asesina. La caza debe comenzar».

Armando Barcelona Bonilla

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