Me preguntas cuál es el motivo por el que nunca juego a la lotería, dices que en estas fechas lo hace todo el mundo, que es la tradición, y me acusas de ser un bicho raro: «¡Ay, hijo, tú, con tal de dar la nota…!».

Vale, de acuerdo, me asusta el gregarismo cabileño, la idiotez colectiva y huyo del protocolo social; pero no soy un exhibicionista y, qué quieres que te diga, corazón, sin que me acuses de engreído, tengo alguna que otra habilidad destacable, que colma suficientemente mi narcisismo.

No, la razón es mucho más sencilla: no soy creyente. El cielo, el infierno, los ángeles, los santos y toda su corte celestial, para mí son pura entelequia, así de simple, y sacarte el premio gordo de la lotería, mi vida, por estadística, es tan irracional como los milagros; se te tiene que aparecer la virgen, vamos. Hazme caso y no pongas esa cara de fastidio. Te lo demuestro.

Año 665, Recesvinto reinaba en Toledo, los visigodos hacía mucho que habían abandonado el arrianismo y un tal Ildefonso, obispo, pastoreaba el rebaño católico. El 18 de diciembre, una procesión de antorchas iluminaba la noche toledana. Eran parroquianos, convocados a la iglesia para cantar himnos en honor a la virgen María. El desfile, como baba de caracol, iba dejando un reguero de fe a su paso, pero al llegar a la capilla se vieron cegados por una luz tan deslumbrante, que dinamitó la devoción mariana en un decir amén, provocando la desbandada general.

Sin embargo, Ildefonso aguantó a pie firme, como un valiente, y acercándose al altar se encontró a la virgen, que sentada en la silla episcopal le dijo: «Tú eres mi capellán y fiel notario. Recibe esta casulla, la cual mi Hijo te envía de su tesorería».

La primera consideración de una mente nihilista como la mía, es reconocerle al obispo la buena maña que tenía para el blanqueo de capitales, pero dejando para otro momento cualquier disquisición al respecto, junto con la turbadora revelación de que existe una tesorería territorial en la otra vida —y que eso hace inevitable la zozobra de que también haya un Ministerio de Hacienda, porque una cosa siempre lleva a la otra—, hay que admitir que a San Ildefonso, con la aparición de la virgen, le tocó el premio gordo de la lotería.

Algo más tarde, en 1904, a la edad de veinticinco años, doña Manuela de Pablo abrió su negocio de repartir suerte en la calle San Bernardo de Madrid. Por su proximidad con el paraninfo de la Universidad Complutense, era frecuentado por los estudiantes que buscaban una manera rápida y cómoda de hacerse con un futuro prometedor.

Dicen los cronistas, que los inicios del negocio fueron muy duros y el azar, siempre caprichoso, anduvo jugando al escondite con doña Manuela, hasta que a la señora se le ocurrió encomendarse a la virgen del Pilar, bajo cuyo manto hizo pasar unos cuantos décimos de los que vendía en su administración. A partir de ahí la cosa cambió como de la noche al día y «Doña Manolita», con sus setenta y seis «Gordos de Navidad» en la mochila, se convirtió en el santuario de cabecera de la ludopatía militante carpetovetónica y de los probadores ocasionales de fortuna, que se dejan llevar por la ensoñación del «no vaya a ser que toque». Pero en fin, no sería en absoluto imprudente afirmar que a doña Manuela, también «se le apareció la virgen».

No es mi culpa, querida; sería feliz si pudiera, como siempre, darte la razón, pero resulta que existe un conchabeo entre la tentación del premio y la posibilidad de acertar, denominado por los expertos en estadística «esperanza matemática», por el que en todos los juegos de azar esa expectativa siempre es un espejismo del jugador, o sea, que te pongas como te pongas nunca ganas.

Por ejemplo, en la lotería de Navidad, la posibilidad de que te toque es de 1 a 100.000, pero en la llamada lotería Primitiva es de 1 a 14.000.000, una auténtica barbaridad, y no hay duda de que se le tiene que aparecer a uno la virgen, tronos, dominaciones, y aun todo el divino panteón, para ganar el premio. Pero sabiéndolo, el personal está dispuesto a perder una cantidad pequeña de dinero a cambio de la efímera esperanza de hacerse rico de la noche a la mañana. Como dijo alguien: «Las loterías son un impuesto del gobierno al desconocimiento de las matemáticas».

Y el máximo exponente de esa irracionalidad manifiesta es el paroxismo derrochador y lotero, que le entra a la peña en las fiestas navideñas, celebración pagana donde las haya, una orgía latréutica en toda regla —no olvidemos que se conmemora el nacimiento del hijo de dios—, en la que beben y beben los peces en el río, se le exige a una hiperactiva Marimorena que ande, ande y ande, mientras hacia Belén va una burra cargada de «chocolate». No es de extrañar que nos comportemos como rastafaris hasta el culo de mandanga.

Pero para que dejes de ponerme morro, sacarte una sonrisa y hacerte feliz, este año, aunque ello signifique declararme matemáticamente incapaz, compraré un décimo —¡lo que no pueda conseguir el amor!—, no vaya a ser que la jodamos y toque.

Armando Barcelona Bonilla

Armando Barcelona Bonilla Relatos

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