«Es imposible, no lo conseguiré» —un fuego abrasador lacera sus entrañas, acalambra sus piernas y le impide continuar andando. Se apoya en un árbol tratando de controlar los espasmos. La gente, ajena al suplicio que está sufriendo, pasa junto a ella sin mirarla, cada uno a sus asuntos, con prisa.

«He de continuar —se anima, porque las contracciones se han suavizado levemente—, a penas me faltan unos metros, cien, doscientos, a lo sumo. Tengo que conseguirlo».

Deja de apoyarse en el árbol, echa a andar y como en una broma cruel, siente de nuevo que se le rasgan las vísceras. El abdomen, hinchado como un globo, amenaza reventar. Cada paso desata una tormenta de finísimas agujas, que se clavan, impías, en sus riñones.

«Ya veo el luminoso de la entrada —se traga el dolor y la angustia, ante la lenitiva promesa, del rótulo de neón, que corona la puerta acristalada—, lo conseguiré. Ya estoy cerca. Un último esfuerzo. Casi alcanzo la puerta, ¡venga, que puedes!, aquí está, ya, lo conseguí».

Con paso apresurado se acerca al mostrador, tras el que un muchacho joven, vestido de blanco, la interroga con la mirada.

—Un cortado descafeinado de máquina, por favor —responde ella a la pregunta no formulada—, y ¿los servicios?

—Al fondo del pasillo a la izquierda —responde el camarero, manipulando, ya, la cafetera.

«¡Aaah! —suspira, aliviada, mientras deja que el líquido, caliente, abandone su cuerpo—, mira que te lo tengo dicho, Mari Carmen: de casa hay que salir meada, ¡coño!»

Fuera, en la calle, como si nada hubiera ocurrido, la gente sigue trajinando, a sus cosas. Un taxi para ante el semáforo en rojo, el perro marca territorio en un alcorque y en la esquina, un violonchelista callejero se saca algunas perras interpretando a Bocherinni. 

Acta est fabula.

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