Querida Rosario.

Ya te habrás dado cuenta de que hay seca en el pantano. Asoma de la iglesia el campanario, huérfano de dioses y de bronces. Las terrazas del olivar, yermas, estériles, espejean sus lodos a la luz del día y por las eras altas, la osamenta del caserío se deja ver como un triste despojo de pudridero, repelados costillares de una carroña animal sobrada de reproches y blasfemias. Solo la casa de Braulio aguanta digna la arremetida de las aguas; será porque allí sigue impertérrita la obstinada resistencia del amo, colgando su rebeldía de una soga, en la carcomida viga del granero.

Ya no quedan jóvenes en el pueblo, se los llevó por delante la inundación. Poco a poco, se han ido marchando a la ciudad, aquí nada podían hacer con lo que les dieron por el justiprecio. Menuda broma, como si fuera posible tasar los recuerdos de toda una vida, las esperanzas rotas o el miedo a lo que quiera traer la amanecida.

Ayer hizo cinco años que te fuiste. Me acerqué hasta la presa y estuve a punto de rezarte un padrenuestro, ya ves, cosas de viejo, como si a estas alturas todavía hubiera un dios al que arrimarse; en lugar de eso, te hice un ramillete de margaritas. Allí quedó, flotando a la deriva, como las ausencias.

Vino el hijo a pasar el día. Comimos juntos. Ella se quedó en la ciudad, ya sabes que sufre de migrañas y, por alguna extraña razón, aquí se le recrudece el mal. Los nietos están bien, según su padre, muy crecidos y liados con la cosa de los estudios, por eso no lo acompañaron. Ya, eso mismo pensé yo, que en verano no hay escuela, pero no dije nada. Para qué agobiarlo. Se marchó pronto, porque aunque el día alarga no era cuestión de que se le hiciera de noche, además siempre lleva prisas, ya sabes, desde pequeñico ha sido de mucho nervio.

No sé yo si las humedades te sentarán bien para los huesos, que tú siempre has sufrido mucho de la reuma. Si me oyera tu hija, con lo resabiada que nos salió. Debe de estar bien, hace mucho que no llama, ya sabes, el trabajo, la tienda, los amores.

Te echo en falta, Rosario: me alegrabas la vida, mis manías se atemperaban a tu lado y eras un buen remedio para los miedos; ahora las noches son muy largas, inquietantes y terriblemente oscuras. Pero no hagas cuenta de lo que te digo, no quiero que te angusties, pronto estaremos juntos de nuevo, el calendario va de nuestra parte y la siguiente espero dártela en mano, mi amor, porque a los viejos, nada nos mata más rápido que la soledad.

Armando Barcelona Bonilla

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