El hombrecillo asomó su cabeza por la rendija que dejaba la puerta entreabierta de lo que parecía un diminuto despacho con las paredes cubiertas de estanterías, donde se amontonaban cajas de cartón etiquetadas por fechas; documentos apergaminados por el tiempo y archivadores de anillas con las tapas alabeadas por la humedad. Olía a moho, suciedad y olvido. Frente a la puerta, al fondo del cuchitril, tras una desvencijada mesa de madera, lisa, sin adornos, absolutamente funcional y que había conocido tiempos mejores, los ojos de un anciano, tan viejo como el tiempo, le observaban sorprendidos desde el pozo de unas cuencas oscuras y profundas.

—Usted perdone, señor, estoy buscando el despacho de Dios. Me han dicho que estaba por aquí, en este pasillo, pero no veo más puertas y me pregunto si no me habré equivocado.

Los ojos del viejo pasaron del asombro a la desconfianza, para luego iluminarse brevemente con algo parecido a la curiosidad; se atusó despacio la poco poblada barba y con toda cautela preguntó:

—¿Con quién tengo el gusto, señor, la dedicación de usted y el motivo de su visita?

—Jaramillo, Inocencio Jaramillo, era agrimensor, pero llevo años cesante, en el paro, vaya, para que usted me entienda, porque ahora, con el invento del GPS no soy necesario. Ya ve cómo son las cosas, después de treinta y cinco años en el ministerio de agricultura, pateando barro por esos campos, me sustituyen por un cacharro.

Las facciones del viejo se distendieron y una sonrisa amable afloró a sus labios.

—Pase, pase, buen hombre, no se quede fuera y disculpe mi suspicacia anterior; pensé que venía de Hacienda o de alguna de esas agencias de recobro de morosos que tanto dan la lata. Pero siéntese no se quede de pie que ha llegado a su destino, como canturrea el chisme ese que le ha dejado a usted sin curro. Yo soy Dios.

Ahora fue Jaramillo quien se permitió un gesto de irónica incredulidad. Cómo iba a ser Dios el vejete ese, confinado en semejante camaranchón, con la camisa llena de lamparones y rodeado de mugre; sin duda, el abuelo estaba de guasa y quería echarse unas risas a su costa.

»Sí, hombre, créaselo, no es una broma; mire, mire, aquí están los diplomas acreditativos —señalaba el vejete la pared que había a su espalda, totalmente forrada de certificados, títulos y nombramientos, que rodeaban a una orla multicultural de fin de carrera—. Qué quiere, así son las cosas. A usted lo ha retirado la tecnología; a mí todavía no me han dado la patada en el culo, porque la marca comercial sigue teniendo tirón y la utilizan para legitimar sus fechorías o ponerle el culo prieto a los creyentes incautos, que son legión, no vaya usted a pensar, legión, amigo mío. ¡Qué locura!

—¡Venga, abuelo, no enrede, que llevo prisa! ¡Cómo va a ser usted Dios, aquí, en esta mierda de agujero y con esa facha! A ver, haga usted un milagro, que yo lo vea, resucite a un muerto, multiplique los panes y los peces, camine sobre las aguas, como hizo su Hijo ¡A que no hay cojones!

El anciano compuso un gesto de cansancio. «Otro idiota que se les ha colado a los de SegurLowcost; anda que no hay diferencia a cuando eso lo llevaba el tipo aquel, Pedro, ¡tenía una mala hostia! En fin».

—En primer lugar, mi patético visitante, soy soltero. He tenido mis asuntillos por ahí, como todos, y hasta es posible que pueda haber críos correteando en pelotas por algún vertedero que sean mi vivo retrato; pero le aseguro que nadie de mi progenie anda por el mundo haciendo trucos de titiritero. Los milagros, caballero, son fábulas, insensateces, cuentos de hoguera, para en las noches de campamento poner temor en los corazones medrosos, asombro en los ojos de la gente crédula y dar una pátina de misterio a la fe.

—¡Ya estamos, me va a decir usted ahora que Dios no existe! ¡Habemus atheum!—se mofó Jaramillo.

Dios soltó un bufido de disgusto, contó mentalmente hasta diez, mientras tamborileaba con los dedos sobre la mesa y respondió, sin poder ocultar su mala leche:

—¡¿Es que no me ve usted aquí, so gilipollas?! Cada día los hacen más tontos, no sé qué será: una mutación genética causada por el uso de los móviles, la bollería industrial o la tecnología 5G, pero ¡madre mía, qué tropa! Venga, espabile, dígame qué quiere y déjeme tranquilo, que tengo el crucigrama a medio hacer.

—¡Oiga, haga el favor, que yo no le he faltado!; uno a las buenas lo que se le pida, pero a las malas… Dios es un señor imponente, majestuoso, que irradia luz por los cuatro costados, no un viejo tarado, medio calvo, barba de chivo y con las coderas de la americana desgastadas. No me quiera vender la moto, abuelo.

—A ver, listo, que eres tú muy listo —se decantó Dios por el tuteo—: cinco vertical. «Envoltura de forma oval dentro de la cual se encierra, hilando su baba, el gusano de seda para transformarse en crisálida».

—Capullo —respondió el otro satisfecho de su erudición.

—Justo lo que eres, un soberano capullo. «… imponente, majestuoso, que irradia luz». Esa es la versión «pro», para los ricos tontolaba; los pringadillos mugrosetes como tú, conmigo vais más que servidos. En fin, ¿para qué has venido, Jaramillo?, si no es indiscreción.

Al agrimensor, que era de natural sumiso, aquella respuesta desabrida comenzó a reconciliarlo con la idea de que, efectivamente, estaba en presencia del mismísimo Dios, tal y como se lo habían representado desde niño: un señor viejo, con cara de estreñimiento congénito y mal carácter. Por lo que pudiera ocurrir decidió seguirle la corriente.

—Verá, como le decía, después de treinta y cinco años ejerciendo de agrimensor para el Estado, por culpa de la revolución tecnológica, me veo en el paro y a una edad en la que, oiga usted, no me puedo reciclar. De manera que como nadie necesita de lo mío, a ver qué hago yo ahora. He pensado que tal vez su divinidad, que todo lo puede —dijo sin poder ocultar del todo su recelo al respecto—, me haría el favor de soplarme la combinación ganadora de La Primitiva, que esta semana hay bote y con eso salía yo de penas.

El viejo se atusó la barba, pensativo, abrió un cajón de la mesa y sacó dos tagarninas.

—¿Fumas, Jaramillo? —le ofreció una al hombre, que este rechazó con una media sonrisa.

Revolvió los papeles que tenía esparcidos encima de la mesa hasta dar con un mechero rojo, de esos de plástico barato que venden en los estancos por menos de un euro; le metió fuego a su cigarro y volvió a guardar el otro en el cajón. Una densa bocanada de humo grisáceo quedó flotando sobre sus cabezas, inundando el tabuco de una pestilencia acre.

»Eso no puedo hacerlo, sería trampa y no tienes idea la cantidad de muertos de hambre como tú que me vienen con la misma copla. Sin embargo, te propongo un negocio guapo, más lucrativo que la lotería, relacionado con el comercio exterior, importación, exportación, ya sabes. En un año te garantizo que tienes media docena de pisos en la Castellana, casa de verano en Menorca, yate y un par de cochazos de los caros. Eso sí, deberás navegar con gente poco escrupulosa: padres de la patria, líderes empresariales; curas sectarios; políticos empecinados en conservar la milenaria tradición de forrarse a costa del pueblo soberano, conservadores los llaman; deportistas de élite; lo más granado de la nobleza: condes, duques, reyes, príncipes. Todos están muy bien considerados por la opinión pública y se denominan a sí mismos «gente de orden». Un club selecto.

—No sé, da la impresión de que estamos hablando de apaños algo sucios, como si el asunto llevara implícito tener que mancharme las manos, si usted me entiende, y yo siempre he sido muy de seguir las normas y no hacerle mal a nadie.

—Y así te va, Jaramillo, así te va. Hay mucha pasta en juego y sí, tendrás que pringarte hasta los codos, pero hijo, bussines is bussines y para pescar hay que mojarse el culo. En cuanto a lo de joder al prójimo, qué quieres que te diga, son daños colaterales, inevitables porque están en la misma base del proyecto. Todos los millonarios tienen un cementerio debajo de las alfombras, es lo primero que les enseñan en Harvard.

—¿Y el pecado, qué me dice usted de mi alma inmortal? No quiero yo condenarme eternamente, por cuatro días de vivir como un rey.

—Pero mira que llegáis a ser gilipollas —suspiró Dios poniendo los ojos en blanco y mostrando evidentes signos de impaciencia—. ¿Para qué te crees que está el examen de conciencia, la contrición, el propósito de la enmienda y toda esa parafernalia que se monta alrededor del confesonario? Esa medicina sirve hasta en el último segundo de vida, incluso post mortem, si lo dejas dicho. Los católicos tenéis una liturgia que parece diseñada por abogados de bufete caro, ¡coño! Mira, no me hagas perder el tiempo. Es lo que hay, chico, lo tomas o lo dejas

—No, si visto así…, lo tomo, lo tomo.

—Cojonudo, Jaramillo. Un chollo te llevas. Me has cogido con el día tonto. Te me bajas al semisótano, según se sale del ascensor, pasillo a la derecha, tercer despacho, a la misma mano, hay un póster de Sabina en la puerta, no tiene pérdida. Pregunta por Luci y le dices que vas de mi parte. Ahora llamo yo para que esté al tanto. Venga, espabila que con la tontería te me has comido media mañana.

—Voy, voy y agradecido. ¿Tengo que ponerle alguna vela a alguien o algo? No sé, desconozco el protocolo.

—¡Que te pires ya, leche! —se ahogó Dios entre toses congestionadas y lágrimas en los ojos provocadas por el esfuerzo, largando al agrimensor con cajas destempladas—. Estas tagarninas se agarran al pecho una barbaridad. Voy a tener que pasarme al rubio.

Apartó a manotazos una montaña de papeles hasta sacar a la luz un viejo teléfono negro de baquelita, hizo girar la rueda marcando un número interior y esperó.

»Luci, fenómeno, escucha. Te mando un panoli para que soluciones el problema de logística que tienes con los colombianos. Se llama Jaramillo y va calentito, con que le des el último hervor lo tienes listo. Estaba pensando trabajarme para el caso a un fenómeno con estudios, economista, licenciado en Georgetown; tiene un retrato de Margaret Thatcher tamaño king size en la cabecera de la cama. Pero te lo reservo para cuando toque cambiar la presidencia del Banco Central Europeo. Da el perfil. Va, quita, hombre, hoy por ti…

»Oye, al Jaramillo este, átalo bien, que te firme todos los papeles, no sea que se me cuele en la gloria por un defecto de forma. Es un soseras, el tío, y ya tengo cubierto el cupo con creces.

»A ver si dejas la madriguera un rato y subes por aquí, que echaremos unos carajillos. Sí, hombre, sí, porque tú lo digas. Anda, mamón, cuídate. Jodido Lucifer, siempre dando p’ol culo —se le escapó a Dios media sonrisa y otro golpe de tos mientras colgaba el teléfono—. Al rubio, voy a tener que pasarme al rubio.

Armando Barcelona Bonilla

Armando Barcelona Bonilla Relatos

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