Yo tengo algo con lo intermitente, me produce grima, fobia, mal rollo; no solo el concepto, también la palabra en sí misma, con todos sus derivados. Es una manía, ya lo sé, de las muchas que tengo: qué quieres, soy un hipocondríaco emocional, lo reconozco, pero esta se lleva la palma: juega conmigo, aparece donde menos lo espero, me persigue hasta la obsesión, no encuentro la manera de sustraerme a ella.

La primera intermitencia del día me llega con el bip-bip-bip, del despertador, justo cuando estoy en lo mejor del sueño, ese momento blando, cálido, amigable, en que las sábanas están carantoñeras y se te pegan al cuerpo, retozonas, jugando a no dejarte salir de la cama. 

—Churri, apaga eso, porfa —protesta ella, mi compañera, mi alter ego, la dulzura hecha persona, dándome un empujón con el culo, que casi me saca de la cama. La jodida entra a currar a las diez, por lo menos le queda una horita más de refocilo.

En el coche, camino del trabajo, pongo la radio: «hay tráfico denso, con paradas intermitentes en la Z40 a la altura de Montañana», anuncia el locutor; me la pela, no es mi ruta. Tengo que pegar un frenazo, porque el capullo de delante ha girado bruscamente a la derecha sin avisar; se ve que los tiene de adorno, los intermitentes, digo. Comienza a llover, muy poco, apenas unas gotas, pero lo suficiente como para que el limpiaparabrisas se ponga a funcionar, en modo intermitente, por supuesto. Veo un hueco para aparcar y marco la maniobra con antelación, pero en el panel de mandos me sale el siguiente mensaje: «INTERMITENTE DERECHO FUERA DE SERVICIO». Consigo meter el coche, entre bocinazos, recordatorios familiares e insultos groseros del personal. Llego a la oficina, saludo a la peña y ocupo mi sitio.

—Benítez, pasa a mi despacho, por favor— este es Alfonso, el jefe, solo utiliza mi apellido cuando está de bajón y necesita un hombro que humedecer con sus lágrimas—. Anda cierra la puerta, que no nos oigan esos.

Es lo que tiene ser amigo del que manda, piensa que aguantarle sus neuras te va en el sueldo y este las tiene de todos los colores, es un agonías ciclotímico de manual, con ligeros toques periódicos de exagerado entusiasmo, trastorno de intermitencia emocional, dice su sicólogo que sufre; yo creo, simplemente, que va mal follado. Se enamora locamente cada vez que echa un kiki, no entiende el sexo sin compromiso y, claro, la mayoría de las veces, a ella el asunto, la pilla a contrapié; en el mejor de los casos aguanta unos días, porque le da cosa romperle el corazón, pero todo tiene un límite y termina mandándolo a paseo. Entre el bajón por la ruptura y el tiempo que tarda en volver a encontrar su alma gemela, pues eso, que anda casi siempre estresado, falto de sosiego y con la testosterona en rebeldía.

—¿Comemos juntos y te sigo contando? —se ha pasado la mañana dándome la chapa, como si no me conociera de sobra sus rutinas: tengo todo el curro por hacer, estoy hecho polvo y me duele la cabeza.

—¡Huy, lo siento, tío!, voy a casa de mi madre, que está pasando la pobre por un mal momento; si acaso otro día, ¿vale? 

Es cierto, como con ella. Esa es otra. Desde que enviudó está como si le faltase algo, digo bien, «algo», no «alguien», que también, por supuesto. Pero lo que más siente haber perdido es su fuente argumental tertuliana, porque el foco del debate de las señoras, cuando se reúnen a media tarde, para compartir unos cafelitos y un trozo de tarta, es el grado de incompetencia, como animal de compañía, de sus respectivos maridos. Una viuda eso lo tiene complicado. 

—Hijo mío, tengo que darte una sorpresa. De un tiempo a esta parte no soy yo, mi carácter se ha vuelto más difícil, intermitente —ya salió la palabra maldita, me temo lo peor—, pero algo ha cambiado en mi vida y vuelvo a ser feliz. Tengo un amigo.

Lo ves, ¿llevo o no llevo razón? Mi madre se aburre y en vez de apuntarse al IMSERSO, hacer un curso de macramé o comprarse un chihuahua, se echa novio, y conociéndola, lo mismo es un berzas, que podría ser mi hermano.

—Anda, Benito, entra, que te presento a mi hijo —canturrea mamá, a la vez que hace su aparición en escena un señor mayor, visiblemente nervioso.

Aparenta tener unos setenta años, eso es un alivio, viste bien, aseado, parece buena gente y a ella se la ve feliz. Carpe diem, me digo, piensa en el hoy, mañana será otro día. Vamos a comer.

Vuelvo a la oficina. Entro al despacho de Alfonso para interesarme por él. Lo encuentro despatarrado en el sillón, roncando como un ciervo en plena berrea; por la peste que hay en la habitación, ha estado ahogando sus penas en carajillos. Cierro la puerta con cuidado y me pongo a lo mío, que tengo tajo.

Llego a casa molido. Me derrumbo en el sofá, junto a Claudia, que tiene la misma cara de agotamiento que debo llevar yo.

—¿Qué vas a preparar para la cena, churri? —me pregunta sin fuerzas para abrir los ojos.

—No sé, cariño, déjame que lo piense —contesto mientras pillo el mando a distancia y conecto la tele. Un tipo señala un gran mapa del mundo, cubierto de isobaras, borrascas y  anticiclones.

—«Cierzo en el valle del Ebro, con rachas fuertes, intermitentes, que alcanzarán los 80 kilómetros por hora» —dice el pavo, a la vez que mi chica sale del trance, me arrebata el mando a distancia y se pone a zapear. Una intermitente, como no, sucesión de imágenes entrecortadas, tartamudas, casi estroboscópicas, se suceden en la pantalla.

—¡Cari, para en algún sitio, que me vas a volver loco! —protesto sin convicción.

—¡Si es que no echan nada! —contraataca ella.

—Mujer, por todos los canales que pasas ponen cosas, dale oportunidad a alguno.

—¡Anda, ve haciendo la cena, soso, que eres un soso!

Suena el móvil, es mi madre, lo cojo.

—¿Qué haces? —pregunta.

—Nada, aquí, viendo la tele —miento.

—¿Qué te ha parecido Benito? Majo, a que sí —se responde sin darme opción a nada—. Es buena persona, educado y muy atento. Aún no hemos hecho nada, no vayas a creer —ni se me había pasado por la cabeza, pero ahora, esa imagen no voy a poder borrarla en mucho tiempo—, pero no te preocupes, que ya es tarde para darte un hermanito; aunque nunca se sabe, porque tú naciste por culpa de un coitus interruptus, la marcha atrás, que no funcionó —me aclara, por si no tenía ya suficientemente machacada la moral.

—Muy bien, mamá, ya hablaremos, que estoy cansado y me voy a la cama.

Si me faltaba algo, ahora me entero de que estoy en el mundo gracias a un desacople mal llevado, casi un malentendido, una intermitencia sexual. Para no echar gota. Me rindo, entrego la plaza, levanto el culo del sofá y dejo que mis pies me arrastren hasta la cama, mientras escucho, lejana, saliendo de una bruma pegajosa, como una intermitencia malsana, la voz de mi dulce compañera de viaje, interesándose por la causa de mi derrumbe sicológico.

—¡¿Churri, y la cena?!

Armando Barcelona Bonilla

Armando Barcelona Bonilla Relatos

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