No sé cómo he llegado aquí, ni qué lugar es este. Mi mente es un estroboscopio de imágenes, sonidos y emociones inconexas, que tan pronto se entremezclan en una síncopa carente de sentido, como colapsan, estáticas, al modo de la imagen fija de esas fotografías en tono sepia, que ponen cara al difunto en las lápidas de los cementerios.

Abro los ojos y la oscuridad impenetrable que me rodea tiene un inmediato efecto sanador; la danza macabra que habita mi cerebro se modera, las formas toman conciencia de sí mismas y ocupan el espacio que les pertenece, mientras el río de mis emociones atempera su turbulencia y los recuerdos, todavía vidriados por la conmoción, van recobrando lentamente la nitidez.

Escucho voces, que me llegan muy amortiguadas desde algún punto a mi izquierda. Me incorporo. Al hacerlo soy consciente de mi desnudez. No tengo frío, la temperatura es agradable. Mis pies perciben la naturaleza metálica del suelo. Palpo el espacio buscando algo, un objeto, una brisa, el límite impuesto por una pared, lo que sea para ubicarme en esta tiniebla que me rodea. Mientras, camino despacio, arrastrando los pies, con cautela, guiándome por los gritos, acolchados, apenas perceptibles, que sigo escuchando. Yo también siento la necesidad de gritar. Lo hago con todas mis fuerzas y el sonido de mi propia voz me resulta amenazador, inquietante, peligroso; quizás es demasiado pronto para revelarme.

Las puntas de mis dedos tocan una superficie lisa, pulida, también de metal, que tiene continuidad en anchura y altura: una pared. Acerco mi oído, lo pego al muro, que está agradablemente tibio. Ya no se escuchan voces al otro lado. Tengo un referente y eso me conforta. Sin abandonar el contacto con el acero, camino hacia la derecha, hasta topar con otra pared, doy la vuelta y hago el recorrido a la inversa, pero esta vez contando los pasos, siete y medio hasta llegar al tope contrario, calculo una distancia de unos cuatro metros y medio; completo el perímetro con parecidos resultados. La habitación es amplia y no he percibido la presencia de puertas o abertura alguna.

El chisporroteo previo, que revela la existencia de un sistema de megafonía, se convierte en voz chirriante, robótica, desagradablemente aguda, de niño o mujer, que se expresa en un lenguaje extraño, desconocido para mí; una jerigonza que no trato de descifrar. Llama mi atención un ruido de chapa deslizándose sobre un raíl; me dirijo, siempre a tientas, hacia donde supongo se ha producido el movimiento. Por el camino percibo un olor agradable a comida. 

En efecto, de la pared ha surgido, como de la nada, una forma plana que investigo cuidadosamente con las yemas de los dedos. Es suave, lisa, también metálica, como el resto de mi celda. Detecto un objeto, un recipiente, esta vez, además, también me sirvo del olfato. Es un bol, está caliente y parece el origen del aroma que vengo siguiendo desde hace un rato. Lo tomo en mis manos y olisqueo el contenido con desconfianza. Acerco el cuenco a mis labios, con precaución, los mojo en el templado brebaje. Está bueno, mucho, me gusta, es reconfortante y sabroso. Apuro el contenido y dejo el bol vacío en la bandeja, que con un leve chasquido desaparece en el acto. 

Tengo sed. Huelo a humedad, parece que en esta oscuridad extrema que no permite que me sirva de la vista, mis otros sentidos están tomando el control. Exploro el entorno y descubro una manija, un tirador, lo acciono y surge otra bandeja. Exploro un poco, doy con un vaso y un tubo de cerámica que emerge de la pared; acerco el vaso y sale agua, lo aparto y cesa de manar. Esta vez sé que he dado con el bebedero. Tengo sueño, me tumbo en el suelo, que atento a mis necesidades, toma una textura suave, cómoda, amorosa. Despierto con la boca pastosa. Ya conozco la fórmula.

He pensado en establecer una manera para contar el tiempo, como no hay sucesión de día y noche, la única forma posible de hacerlo pasa por seguir el protocolo de comidas. Son tres por período, parece sencillo, pero no hay nada que me sirva para llevar físicamente un registro, solo puedo seguir la cuenta mentalmente y es complejo; la vez que más me ha durado un conteo seguro ha sido de trece días. Es imposible saber cuánto tiempo llevo aquí encerrado.

A veces vuelven a escucharse voces, gritos lejanos, opacos, como filtrados por aislantes capas de corcho; son los únicos sonidos que me llegan porque hace ya un tiempo que la chirriante megafonía ha dejado de funcionar, es posible que la hayan desconectado al ver que ya he adquirido los automatismos de la rutina diaria. Nunca he visto a mis carceleros, pero sé que, de alguna forma, cuidan de mí y noto por ellos un extraño sentimiento de gratitud. 

Duermo mucho, no puedo tener otra ocupación. Hace algunas comidas, soñé un recuerdo. Sé que es común rememorar los sueños, pero ¿pueden soñarse los recuerdos? Tal vez. Yo era un niño, al menos así me sentía; todo a mi alrededor era más grande que yo: la casa enorme, el corral, con su porqueriza, la gente que habitaba mi ensoñación. Había un hombre cuya cara me resultaba familiar, ¿quizás mi padre?, es posible, o no, quien sabe. En el corral había animales: gallinas sueltas, conejos en un cercado, un par de cabras, un palomar al que iban y venían las palomas, tres vacas en un establo y un cerdo en la porqueriza. Yo era feliz, creo, o quizás no; hace tanto tiempo que no tengo posibilidad de intercambiar emociones con otra persona, que temo haberlas sustituido por el simple instinto.

 De todos los animales, el cerdo era mi preferido: las gallinas huían de mí, las cabras me atacaban, los conejos me daban pena, encerrados tras una malla de alambre, las palomas siempre volando, eran inalcanzables y las vacas, indiferentes, me ignoraban; únicamente el cerdo llamaba mi atención, sacando el morro por entre las rejas de su presidio y se dejaba acariciar. Si supiera qué significado tiene el concepto, juraría que el animal y yo éramos amigos. Aunque es cierto que mantenía esa misma actitud afectuosa y confiada con todas las personas que habitaban mi sueño; de manera que no sé qué pensar.

Tuvo que ser una siesta muy larga, o quizás fuera el recuerdo lo que condicionó su duración; la oscuridad y el aislamiento me hacen dudar de todo, aunque tal vez esto de ahora sea certeza y mi vida anterior una continua zozobra. ¿Es posible que en un pasado tuviera una existencia diferente?

Momentos antes de terminar mi sueño, el cerdo parecía inquieto, se movía de un lado a otro de la cochiquera, gruñendo sin cesar; hacía frío, mucho frío. Cuando llegaron los hombres, cuatro, fornidos, malcarados, torvos, el animal se acoquinó en el fondo de la porqueriza y comenzó a chillar de una forma horrible, angustiosa, que erizaba el cabello. Los cuatro se fueron a por él, lo trabaron para sacarlo fuera. El cerdo se resistía con todas sus fuerzas, afianzaba las patas en el suelo rugoso, sin dejar de chillar mientras era literalmente arrastrado hasta el centro del corral, donde esperaba más gente, mujeres, niños, hombres, uno de ellos provisto de un afilado cuchillo de matarife, que con un golpe certero degolló al cochino.

Acabo de hacer mis necesidades en el rincón habitual, no tardará en caer la fina lluvia purificadora que todo lo limpia, también a mí. Es agradable y cálida, tiene la fragancia de la flor de la acacia al amanecer y un gratificante efecto hipnótico que relaja. Intuyo próximo el momento de la tercera comida, si llevan el protocolo que yo recuerdo, debería ser la cena, de manera que es de noche o muy avanzada la tarde, pero a estas alturas, ¿estoy seguro de que esta es la tercera comida?, ¿cómo puedo saberlo con certeza? Tampoco me parece ya relevante el dato.

Ahora sí he escuchado el grito con claridad. Un chillido desgarrador, que ha traspasado todos los filtros. Creo que proviene de mi derecha, pero mi derecha de este instante, bien puede ser mi izquierda de hace un rato. Es la hora de comer, o posiblemente ya pasó. Pero ¿qué es una hora? Aquí el tiempo no existe, ni la luz, ni la vida; ni tan siquiera estoy seguro de ser quienquiera que fuese yo. Soy nada, acaso una sombra, un recuerdo, solo queda de mí la esencia primigenia de todas las cosas. Sin embargo, ¿por qué pienso, si no soy?

Recorro mi cubil de lado a lado, sin sentido, empujado por una extraña sensación nunca antes percibida. Busco a tientas el bebedero. No lo encuentro, lo han hecho desaparecer. Tengo hambre y frío, mucho frío, es la primera vez desde que estoy encerrado. Corro en círculo para entrar en calor y siento algo distinto, quizás una emoción: creo que la llamaban ansiedad.

Después de mucho tiempo vuelve a crepitar la megafonía. La voz sigue siendo robótica, aguda, irritante. Un fuerte crujido a mis espaldas me hace volver la cabeza. Se ha abierto una puerta, pero no entra luz por ella, solo una oscuridad menos densa. En el marco, enorme, se encuadran cuatro figuras indistinguibles, con forma humanoide. Reculo hasta el fondo de mi celda. Me acoquino en el suelo. Los tipos vienen a por mí. Sé que debería chillar.

Armando Barcelona Bonilla

Armando Barcelona Bonilla Relatos

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