La noche, protectora, se cuela por el amplio ventanal. El termostato mantiene agradable la temperatura de la habitación. A pesar de que el termómetro exterior marcará no mucho más de cero grados, aquí dentro casi hace calor. El suave resplandor anaranjado que proyectan las farolas del aparcamiento, maquilla ligeramente la penumbra. Todo está en silencio, solo de vez en cuando se escuchan las pisadas rápidas de alguien por el pasillo.

No sé qué hora es y tampoco siento necesidad de alcanzar el móvil para verlo, pero hace ya un buen rato que pasó la enfermera con las pastillas de la noche: para mí, paracetamol y orfidal. No hay dolor, solo ansiedad y vigilia, pero por mucho que se empeñe la química, el sueño no llegará. Mi compañero de habitación se revuelve en la cama, cambia de postura. Seguramente tampoco puede dormir. Los dos callamos respetando mutuamente el insomnio y los miedos del otro. Se hace larga la espera. Un horizonte de pequeños puntos luminosos se adivina lejano a través de la ventana; es la ciudad que vela, como nosotros, temerosa de amodorrarse, para no volver a despertar.

El murmullo del aire acondicionado me acompaña; es la respiración del hospital que transmite la ilusión forzada de que todo está bien: «relájate, el primer mundo, la tecnología y los médicos cuidan de ti, mantienen controlada a la enfermedad, dormido, anestesiado el dolor».

Ruido de carreras por el pasillo; ruedas que se deslizan; tintineo de cristales; choque de metal contra metal. Luego silencio. En alguna parte, la muerte, acorralada, se pelea contra jeringuillas, vías y goteros, por un montón de huesos y pellejo, que apenas tiene fuerzas para seguir luchando. A veces la muerte gana.

Sigue la noche su curso lento. Cierro los ojos. Pienso en el mar. El libro sobre meditación y filosofía zen, que me ha regalado un amigo bien intencionado, aconseja crearse un espacio interior, una habitación emocional del pánico, decorada con los momentos y paisajes que nos resulten más queridos y sugerentes, un sagrado al que acogerse, en momentos de incertidumbre como este. No funciona. Juego con el mecanismo del somier articulado: subo la cabecera, los pies, me centro en la zona lumbar, hago pruebas hasta que me siento cómodo. La sensación de confort dura poco, luego todo vuelve a la normalidad del duermevela.

Entra una enfermera. Es muy joven y se mueve deslizándose, sin hacer ruido. Me pone un oxímetro en el dedo corazón de la mano derecha, apunta a mi frente con el termómetro de infrarrojos y me toma la presión arterial, con la rutina y precisión de un mecánico de fórmula uno. Luego repite los mismos precisos movimientos con el ocupante de la otra cama, en una coreografía tantas veces ensayada que funciona sola, desconectada de su voluntad. Se marcha. Todo vuelve a estar igual, en silencio. Solo el aire acondicionado sigue respirando por todos.

Fuera ha comenzado a llover y las gotas de aguas, a pequeñas ráfagas, arañan los cristales rompiendo el silencio tumulario de la habitación. A ras de suelo se enciende una luz. De vez en cuando la accionan desde el control de enfermería, no atino a comprender con qué propósito. Seguramente ellas también necesitan, como yo con el mecanismo articulado de la cama, jugar con algún engranaje para exorcizar la rutina. Pienso, es lo único que puedo hacer. En lo que soy, en lo que he sido. No quiero hacerme ilusiones y por eso me detengo en el presente; el futuro ya no solo depende de mí.

El horizonte sigue oscuro, ni un atisbo de palidez que anuncie la llegada del día y el sueño se niega comparecer, pero no estoy cansado e incluso tengo la sensación de que mi vida de ahora solo es plenamente mía en estas pocas horas de la noche; luego, dentro de un rato, cuando amanezca, el espectáculo se tornará más coral: las camareras con el desayuno, los auxiliares cambiando sábanas, toallas, el señor que pasa la mopa, los médicos tomando decisiones en mi nombre, más goteros, las visitas.

Hoy tengo programada una resonancia. Un claustrofóbico ensayo funerario, encajonado, inmóvil, dentro de un tubo, que semeja un nicho, aséptico y desinfectado, pero igual de opresivo, como imagino, debe ser el del cementerio. Faltan unas horas para eso. Mientras dure la noche y el insomnio estoy a salvo. El tiempo pasa lento y mantiene alejado el compromiso con el miedo. Todavía no soy la marioneta atada a los viales, que llegará con el alba. Aún tengo el control.

La noche, compasiva, me miente, me confunde y por eso no duermo, porque me engaño sintiendo que soy yo quien maneja el mecanismo del somier; disfrutando de la complicidad del oxímetro, intercambiando silencios con mi compañero de habitación. Eso hace que me sienta relativamente seguro dentro de esta burbuja que palpita al ritmo del aire acondicionado. Eso y el miedo a dormirme para siempre; no volver a despertar por la mañana.

Pero ya la línea del cielo se va tiñendo de añil. Pronto volveré a la realidad cotidiana y serán otros los que manejen los hilos por mí. Cambiarán el pijama azul por uno limpio que me vendrá grande, y con él, mi mismidad por una de pega, irreal, inventada, que tampoco será de mi talla. Y todo se tornará extraño, irreal, prestado, hasta que vuelva la noche.

Armando Barcelona Bonilla

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