La atardecida, trae en el pelo prendido aroma de fogaril con leña de carrasca; un arrendajo llama a retirada y el sol, de escarlata y oro, se esconde tras el cerro, perfilando de carmines el ocaso. Descansa el caballero la rodela al arrimo de una peña y contempla la llanura, ondulante de trigos, mientras el asno y el rocino herbajean en fraternal compañía.

—Echa de ver, Sancho, hermano, la grandeza de la creación en la infinitud del horizonte; siempre lejano, esquivo, inalcanzable.

—¡Pues no ha de ser así, mi señor don Quijote! Me cuitara yo de darle al diablo credencial de mal cristiano, no reconociendo en aquesta suerte la mano de Dios, que en el infinito tiene su hospedaje. Ese era el pensamiento de san Agustín y la mesma traza sigue la teología sistemática que nos dejó el de Aquino.

—Verdad dices, que por no tener límites es principio y final de todo lo que vemos. Mucho es el entendimiento que has alcanzado, desque andas amamantándote a los pechos de la noble orden de la caballería andante, pero atiende al razonamiento contrario. 

»Cata la distancia a aquella aldea. No le echo más de un par de leguas y otras tantas horas de camino. Menguada es la jornada para gente pobre y de naturaleza andariega. Sin embargo, un sabio griego, Zenón de Elea, dijo que si recorres la mitad de esa distancia, luego la mitad de esa mitad y así de continuo; como toda medida es divisible hasta el infinito y, por tanto, contiene el infinito, nunca podrás llegar a ella.

—Nigromancias de magos, mi señor, como ese Festón que tantos quebrantos os depara. De ser cierto el argumento, andaría Dios haciendo cuartos la creación y hoy sería el día en que ni mares, ni ríos, ni montañas nos darían cobijo.

—Sabio te has vuelto, Sancho, y es mucho lo que de ello me plazco, pero cabila lo que acabas de decirme. Si el infinito es nigromancia y, como tal, herejía condenada por la santa madre iglesia, Dios, que habita en él, obligado está al desahucio y por ser ilimitada la sustancia divina, esto es, infinita, igualmente habrá de ser negada su existencia.

—Paradoja habemus, mi señor don Quijote, que son juguete del diablo y quiebran el normal entendimiento. No dividiré yo este queso infinitas veces hasta morir de hambre —dijo el escudero ofreciéndole a su señor una lasca de manchego—, pero tengo para mi caletre que vuestra propuesta dará qué pensar en los tiempos que vienen. 

—Huesos y tierra seremos, amigo, si tan largo haces el cálculo, pero teniéndolo por infinito yo lo bautizo cálculo infinitesimal.

—Sea, pues, y cristianémoslo para evitarle el purgatorio, si no prospera: in nomine patris et filii et spiritus sancti…

Amén.

Armando Barcelona Bonilla

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