En el tabuco de la portería huele a col, orines de gato y colillas de cigarro. El señor Arcadio no fuma, pero recoge todas las que ve por la calle, las desmenuza, clasifica el tabaco según su estado y con la ayuda de su vieja máquina de liar obra el milagro de la resurrección. Son malos tiempos, el vicio manda y no faltan compradores para el producto. Una gastada cortina de cuentas separa la garita del resto de la casa: un recibidor escaso, dos habitaciones pequeñas, la cocina, el escusado y un oscuro patio de luces. Es el territorio de María.

Hay ruido en la calle, el golpe de Estado del general Primo de Rivera, con el respaldo de Alfonso XIII, provoca tensión, se producen manifestaciones y protestas. La guerra de África no termina, ha costado ya la vida a más de diez mil jóvenes españoles, todos ellos de condición humilde, que no han podido pagar las dos mil pesetas por la cuota de soldado que exime de ir al combate. Nadie entiende semejante injusticia, ni por qué se insiste en ese coste de sangre, para mantener el control del Rif, una de las zonas más pobres de Marruecos. Del bolsillo interior de su gastada chaqueta de pana, Arcadio saca un sobre maltratado por el uso, lo lleva siempre consigo desde que lo recibiera a finales de 1921 y María desconoce su existencia. Es del Ministerio de la Guerra. La carta que contiene es indescifrable para él, no sabe leer ni escribir, pero de eso se encarga Leandro, el cartero, un hombre cabal, de principios y buena persona: los dos lloraron aquel día amargamente, de dolor e impotencia, apretando los puños, como hombres.

El griterío de la gente se hace más notorio cuando Leandro abre el portón y se cuela dentro huyendo del alboroto.

—Están los ánimos caldeados —rezonga dejando en el suelo la pesada valija—, dicen que Romanones y Melquiades Alvarez le han recordado al rey la Constitución de 1876 para que convoque elecciones y el borbón los ha cesado fulminantemente. Malos tiempos para la palabra, cuando salen a relucir las espadas. Tienes carta, Arcadio.

—¡María, carta del chico! —voceó el portero mientras le dedicaba a su amigo una cálida mirada de agradecimiento.

—¡Ay, Jesús, qué alegría! —atravesó ella la cortinilla como un vendaval, secándose las manos rojizas en el mandil—¡¿Qué dice, qué dice?!

—Cosas buenas, seguro —la tranquilizó el cartero a la vez que sacaba del sobre el manuscrito—, vamos a ello.

«Queridos padres, espero que sigan buenos de salud, yo bien, gracias a Dios. Estoy trabajando mucho, aquí no falta y se gana buen salario. Sigo en Buenos Aires, pero es posible que pronto me traslade a Rosario, por un negocio que si sale puede darme mucha plata. No saben cuánto los echo de menos, sobre todo a usted, madre; no se moleste, padre. En cuanto reúna el dinero suficiente me los traigo para acá.

No sufran cuidados por su hijo, soy feliz, gozo de buena salud y hasta estoy pensando en buscarme una buena cristiana y formar mi propia familia; las cosas no pueden ir mejor.

Madre, rece mucho por mí, que a usted le hacen caso los santos. Padre, cuídese y cuídemela.

Los quiero».

—Y firma Isidro, como siempre —dio por terminada la lectura Leandro.

Un silencio a tres bandas se adueñó de la garita. María, con los ojos vidriados, extendió la mano y el cartero le entregó el papel, que ella, sin dudarlo un segundo, llevó a sus labios para cubrirlo de besos.

—No me lo dejes de la mano virgencica —sollozó la mujer iniciando el regreso a sus dominios con la carta bien sujeta contra su pecho—, tan lejos y solo tuvo que irse.

Mudos, ausentes, los dos hombres permanecieron cabizbajos un rato, luego, Arcadio buscó con los suyos, agradecidos, los ojos del cartero.

—Nunca podré pagarte tanta bondad, Leandro —susurró mientras estrechaba las manos de su amigo.

Este, por su parte, persistió en su silencio, aunque en su cabeza seguían sonando las crueles palabras que trajo aquella carta, a finales de 1921, y que sólo él y Arcadio conocían:

«… encontró heroicamente la muerte en la defensa de Sidi Dris.

España y la corona sufren con ustedes la pérdida de su hijo bienamado y ruegan a Dios por su eterno descanso.

Suyo en el dolor.

Luis Marichalar y Monreal Vizconde de Eza

Ministro de la Guerra»

Armando Barcelona Bonilla

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