—Miguelo, hijo mío, ¿quién ha sorteado los puestos? No podía habernos tocado otro peor, por aquí no entran ni cardelinas, hazme caso; encima se me ha metido agua por el cierre de la bragueta y llevo los venancios empapados.

—El sorteo lo ha dirigido el marqués; protocolo obliga, majestad, y eche de ver si no se ha orinado encima, que últimamente anda con la pecera floja, por decirlo de una manera coloquial y distendida.

Una mirada de regia indignación premia el comentario de Miguel Brownoser, duque de Viñavieja, marqués del Tiento y secretario personal de Cunegundo II, quien tras haber abdicado en beneficio de su hijo Malaquías I —por unos asuntillos domésticos que no viene a cuento traer a colación—, disfruta, como Rey Pretérito, de una cómoda jubilación vitalicia, con cargo a los presupuestos generales del Estado.

—¡Cuida esa lengua, majadero! Hay que joderse, desde que es políticamente incorrecto decapitar a la nobleza insolente, estáis de un levantisco que da por el saco, Miguelo, te lo digo con todo el cariño. Anda, mira a ver en la bolsa qué nos ha puesto el marqués para el almuerzo, que a estas horas ya voy teniendo gusa.

—Mortadela de tofu, majestad, dos bocatas con pan de espelta, ensalada de crudités en un táper reciclable y un termo con infusión de jengibre. No hay más, sire, nada con algo de sustancia, si se me entiende.

—Mira bien, Miguelico, que no estamos en tierra de infieles, algún trozo habrá de chorizo, longaniza, unas virutas de jamón, ¡coño, no me jodas!

—Lo siento mucho, señor, la marquesa se ha pasado al veganismo y no hay forma de conseguir un triste pincho de tortilla de patatas en toda la finca.

—¡Carajo, pero la alquilan para cazar patos! Si es que este país está lleno de hipócritas, descuideros y mangantes. Te habrás traído la bota, espero. Pásamela, marqués del Tiento, que le doy un toque —se tronchó el monarca con la gracieta—. Y seguro que arrendar esta charca sale por un huevo. A saber quién será el lila que corre con los gastos de la matanza, Miguelo. Por cierto, ¿cuánto me llevo yo de comisión?

—La cacería está sufragada con fondos de la Comisión Continental, procedentes del programa «Con Lengua Sabe Mejor», y la presencia de su majestad en el evento es puramente promocional. Desde que dejó la corona en la testa de su real hijo hemos ido perdiendo notoriedad, la nómina de amigos adelgaza por momentos y el negocio se resiente. No queda otra que dejarse ver, recordar viejos favores, susurrarle a alguno en la oreja esa confidencia que solo ambos comparten, ser sutilmente conminatorio… En fin, el protocolo habitual en estos casos.

El Pretérito deja la escopeta en el suelo, saca un puro del bolsillo superior de su chaleco, lo desmocha de un mordisco y le mete fuego. Pensativo, deja correr la mirada por el espejo de agua. Le da un par de caladas al cigarro. Una reflexión azulada, envuelta en suspiros habaneros, se le escapa por la boca.

—Mira que llega a ser borde y desagradecida la gente, Miguelico. Hace cuatro días se mataban por besarme el culo, me salían las novias por las orejas y ahora, si te he visto, no me acuerdo. Beatus ille quem vivere in locus amoenus et carpe diem. ¡Ay, aquellas monterías del Kalahari! Caza mayor, chavalas guapas y bufé libre, no como este cutrerío talibán. ¡Coño, un pato! —coge el arma, apunta, dispara y hace diana—. Para que luego digáis que estoy gagá. ¿Has visto cómo lo he despanzurrado? —el marqués del Tiento se encoge de hombros, sale del puesto y echa mano a los bártulos con desgana.

—Era un dron del servicio de seguridad, su alteza, y vale una pasta. Será mejor que no mencionemos el incidente, no sea que nos lo hagan pagar. Quizá deberíamos cambiar el puesto con el duque de Fiesta, que como siempre va fumao no se entera de por donde le viene el aire. Lo digo por si los guardias tiran de coordenadas y atan cabos.

Cunegundo II dirige una mirada aprensiva a su alrededor, se cuelga la escopeta del hombro y sigue a su secretario, abandonando el escenario del crimen.

stad no; solo la señora marquesa, una duquesa y tres infanzonas. Pero si me lo permite, ¿para qué se interesa usted por ese asunto, si ya no le funciona la sala de máquinas?, si me consiente el eufemismo.

—Pues por querencia, tradición familiar y porque me gusta que me pizquen el culo, leñe. Marquesas, duquesas, infanzonas, esas son las mejores, Miguelico, si lo sabré yo. Tienen un vicio… Tira, tira, vamos a darle el cambiazo al de Fiesta, que ando jodido de liquidez; solo me faltaba tener que rascarme el bolsillo por la tontería. Drones, hay que joderse, no era mejor antes, que le dabas una propina al alcalde del pueblo y te hacía una batida de lugareños por toda la finca, que ni alacranes dejaban bajo las piedras.

—Qué quiere que le diga, eran otros tiempos, sire, hoy se nos echaría encima el republicanismo militante, la cámara baja y gran parte del senado.

Echan a caminar en dirección a unos carrizos cercanos, de los que salen fumaradas intermitentes. Huele a hierba chamuscada.

—Qué jodido, el duque, ya le está dando a la pipa de la paz, ni Toro Sentado —ironiza el monarca—. Entonces, eso de la lengua, ¿de qué va?

—De potenciar la comercialización, a nivel continental, de la lengua de vaca, señor, que parece tener grandes cualidades alimentarias, es barata y hay excedentes.

—Estofada está de muerte, Miguelo; los chinos se pirran por las lenguas de pato, mira tú lo que son las cosas. Mientras, la duquesa vegana haciendo caja y la vista gorda, claro, pero nos llena el morral de bocatas de nabos, la hijaputa. ¡Carlitos, cabroncete, cuanto tiempo! —irrumpe jovial el monarca en el puesto del duque de Fiesta—. Oye. Mira, que te quiero pedir un favor. ¿A ti no te importaría…?

La mañana hace rato que ha perdido los dientes de leche. Pronto el furriel tocará a rancho y la hueste levantará el asedio. Los patos, al amparo del carrizal, se dejan mecer con el vaivén de la laguna y sestean tranquilos. Los de seguridad no se aclaran con la lectura de las coordenadas del GPS y ya llevan cuatro drones caídos en combate. Alguien ha perdido los auriculares de la radio y doña Concha Piquer proclama a todo volumen que: Él vino en un barco, de nombre extranjero, lo encontré en el puerto, un anochecer, cuando el blanco faro, sobre los veleros, su beso de plata dejaba caer.

Menuda tropa.

Armando Barcelona Bonilla

Armando Barcelona Bonilla Relatos

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