Sabe, Borges detestaba el tango melancólico, lacrimógeno y cornudo, pero disfrutaba, por contra, con el que transmitía la «felicidad del coraje». Según él, los tangos primeros apenas tenían letra: «… o tenían una letra que podemos decorosamente llamar “inefable”; tenían letra indecente o si no una letra meramente traviesa». Conforme las letras aparecieron, afirma, los tangos se volvieron «llorones». El tango, pues, adquiere un carácter épico para los argentinos: «… nos da a todos un pasado imaginario, todos sentimos que, de un modo mágico, hemos muerto peleando en una esquina del suburbio».

Quizá por eso yo soy más de milonga, ya ve usted: Jorge Maciel, Ferrari, Gardel, Libertad Lamarque, Rosita Quiroga, Piazzolla… A todos los conocí gracias a ella, y pasábamos las horas muertas escuchando a los grandes hasta rajar los vinilos:

  • Viejo café cincuentón
    que por la Boca existía,
    allá por Olavarría
    esquina Almirante Brown.
    Se estremeció de emoción
    tu despacho de bebidas
    con las milongas sentidas
    de Gabino y de Cazón
    .

A Celia se le vidriaban los ojos cuando Anibal Troilo atacaba así «El morocho y el oriental». Le hacía recordar. En el 98, sus papás regentaban un almacén por Puente Avellaneda —me pregunto si allá, Puente de Vallecas sonará con la misma musicalidad—. Un negocio sin pretensiones, de barrio, de los de apuntarle la cuenta a la doña de mes a mes, pero suficiente para sacar adelante a la familia. Pero en 2001, el corralito de De la Rúa arrasó con todo. El quilombo estaba servido, no hubo más que apagar luces, juntar algo de guita y cruzar el charco.

Como le decía, nosotros éramos milongueros, pero como nos lo dieron machito, no quedó otra que ponerle Tango, que para un perro es un nombre tan bueno como cualquier otro. Y le cuadraba el acristianamiento, porque lucía un pelo brillante, como engominado, y morocho, al mejor estilo de los tangueros rioplatenses de principios del XX. Esa era la causa de que festejásemos cada 11 de diciembre como una onomástica. Muy gardeliano, pensará usted, y no le quito la razón, pero cada cual tiene sus querencias. A nadie hacíamos daño.

Fue un tiempo hermoso que disfrutamos a plenitud, sin reparos. Pero con todo, no dejaba de causarme cierta zozobra, cuando veía cómo le brillaban los ojos con alguna de aquellas canciones porteñas:

Así se baila el tango.
Sintiendo en la cara,
la sangre que sube
a cada compás,
y mientras el brazo,
como una serpiente,
se enrosca en el talle
que se va a quebrar.

—Una tarde cualquiera, se desgajará él de alguna esquina, a contraluz, con su porte canalla, el pitillo sesgado entre los labios, marcando el asfalto con un compás de dos por cuatro; te tomará de la cintura y os perderéis en la bruma de Cibeles, prendidos en una bailada tórrida y girando ochos, con un soundtrack de bandoneón.

Eso la enfadaba mucho. Aborrecía los estereotipos en general, pero mucho más el montaje para guiris, con el que muchos suelen identificar a los argentinos.

—¿Vos matás toros, boludo? Pues igual. Allá no andamos en volatines, con la pollera rajada y gastando suela para sacarle lustre al asfalto Ya estuvo bueno con la pendejada, ¿sí?

Y se tumbaba en el sofá para que le masajeara los pies. Entonces, el perrillo le reclamaba ladrando, hasta que lo subía a su regazo. Al rato, a los dos los ganaba el sueño y era un gozo ver esa bolita de pelo negro, con el morro apoyado entre las patas y la trufilla brillante, subir y bajar al ritmo acompasado de la respiración de ella.

Pero nada en esta vida dura eternamente y menos el enamoramiento. Dicen los que saben de esto, que en no más de seis años la pasión se enfría. Ella me puso una fecha de caducidad algo más corta.

—Sabes, amor, hay un tipo que viene por el laburo, casi todos los días, y me tira los trastos —comentó divertida en la sobremesa, mientras tomábamos el café—. Yo hago como si nada, pero me da risa. ¡No pongas esa cara! ¿Te sentís celoso, pelotudo? Se cansará más pronto que tarde.

Amigo, créame usted, no eche mi consejo en saco roto; si su señora le viene con la broma de que otro la anda cortejando, es una señal de que algo no funciona. Se terminó la leña, le está avisando de que el tango se está volviendo lagrimoso, bolacero y cabrón. Prepárese para lucir la triple corona. Me dejó las llaves del apartamento en el buzón, un vacío tremendo en el armario y el corazón como un queso gruyere.

No hace mucho la vi por la calle. Iba sola, paseando a Tango. Hasta el perro metió en el lote, no vaya usted a pensar que se conformó con llevarse mi alma. Y una punzada de rencor se me atravesó en el pecho, que me hizo desearla infeliz, vencida, rota:

Sola, fané, descangayada, la vi esta madrugada
salir de un cabaret, flaca, dos cuartos de cogote
Y una percha en el escote bajo la nuez
Chueca, vestida de pebeta, teñida y coqueteando
su desnudez, parecía un gallo despluma’o
Mostrando al compadrear el cuero picotea’o.
Yo que sé cuando no aguanto más
al verla así rajé, pa’ no llorar.

Pero estaba bella, resplandeciente, poniéndole andares de hembra a la mañana y bufidos de berrea en las bocinas de los coches. Me habría cambiado por el can, para poder seguirla dócil, amarrado a la correa, anhelando la hora de la siesta para acolcharme en la calidez de su vientre y mecer mi modorra al compás de su aliento. Pero se alejó de mí sin verme, lentamente, morosa, dejándose atrapar en el reflejo de los escaparates, y no me quedó tango ni para un suspiro.

—Amigo, tenemos que cerrar —el camarero pasó el trapo, una vez más, por el reluciente mostrador—, apure su trago y váyase a casa, no tome más por hoy, creo que tiene suficiente; lleva dos horas hablándole a la máquina de tabaco y, hágame caso, ella es de poca conversación.

Milonga de quita penas.
Nostalgia de población.
Canto qu’en noche serena
su rezo despena
detrás del fogón.

Armando Barcelona Bonilla

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