La planta noble, y última, del Fulluniverse Building, es la 777.

Lord ha girado su butaca ergonómica, dando la espalda a la mesa, y a través de la pared de cristal contempla el horizonte de nubes que se acolchan muchos metros por debajo del enorme ventanal.

Tras de él, sobre el pulido mármol de su escritorio, aguarda el informe que Gabriel, su secretario particular, le acaba de pasar hace pocos minutos. No se siente con ganas de encararlo, pero sabe que lo debe hacer, es lo que conlleva la responsabilidad del cargo. Deja escapar un suspiro, vuelve la poltrona a su posición natural, y antes de ponerse a ello, dirige una mirada cálida a la fotografía, enmarcada en plata, desde la que le sonríe una hermosa joven, que lleva en sus brazos un niño alegre, rubio, mofletudo; al fondo de la imagen, en segundo plano y fuera de enfoque, se adivina la presencia de un hombre que no es Lord. Junto a la foto, un fino crucifijo minimalista, encajado en una base de jaspe negro, completa la decoración. Ahora sí, se centra en el informe.

Habla de una guerra en alguna parte, que está provocando miles de muertos, desplazados, hambre y miseria. No se mencionan las causas que han llevado a esa situación, seguramente ya nadie las recuerda o no procede que sean visibles. Sí se pone el acento en los graves daños colaterales, que el conflicto está creando en la economía mundial y sus efectos a largo plazo. La reconciliación entre las partes parece imposible, por lo que las grandes potencias temen que el conflicto se extienda en la región.

Lord ha visto ya demasiados informes parecidos a este. Golpea el papel con un dedo repetidamente, coge la taza de café y se la lleva a los labios. Con un gesto de desagrado la devuelve a la mesa y aprieta un botón del interfono.

—¿Sí, Lord, qué necesitas? —del aparato surge una voz femenina.

—Verónica, por favor, cuando puedas prepárame otro café, este se ha quedado frío.

—Enseguida, Lord —corta ella la comunicación.

Unos discretos golpes en la puerta preceden la entrada de Gabriel en el despacho.

—Disculpa, Lord, ha surgido un imprevisto —le dice a su jefe mientras se acerca al escritorio—, Blackgod ha venido a verme, desea hablar contigo urgentemente.

—¿Había pedido cita? Me resulta extraño en Black.

Gabriel niega con la cabeza.

—No, pero lo noto verdaderamente turbado, nervioso, no es él. Tampoco ha querido anticiparme el motivo de su visita. Tú decides.

Lord medita su respuesta unos segundos.

—¿Algo inmediato en la agenda? —pregunta tamborileando el informe con los dedos.

—Nada en las próximas dos horas.

Entra Verónica con una bandeja, sobre la que lleva una nueva taza de café, que deja en la mesa; retira la otra y queda a la espera.

—¿Necesitas algo más, Lord?

—Nada, Verónica, gracias. Se ha hecho tarde. ¿Por qué no bajas a la cafetería a tomarte un descanso?

—Seguramente lo haga —aprueba ella y se retira en silencio.

Lord se lleva la taza a los labios, bebe un sorbo, da una suave palmada en la mesa y asiente.

—Hazle pasar —dirigiéndose a Gabriel—, veamos qué tripa se le ha roto a ese viejo bandido.

Mientras el secretario sale del despacho, Lord se levanta y camina hacia el ventanal. Las nubes siguen aborregando el paisaje. No pasa demasiado tiempo hasta que, nuevamente, unos golpes ligeros en la puerta anuncian la llegada de Blackgod.

Es un hombre alto, maduro, de complexión recia. Físicamente, los dos, él y Lord, son muy parecidos, casi idénticos, si no fuera por su ropa sería difícil distinguir al uno del otro. Blackgod lleva un traje negro de corte impecable, camisa de seda, granate, corbata gris marengo y unos Martinelli a juego. Por contra, Lord viste con un estilo casual: camisa de lino blanca, pantalón vaquero clásico y unas sencillas Converse Vintage.

Sale al encuentro del recién llegado, le tiende la mano, se saludan y con un gesto le sugiere que se siente en una de las sillas confidente que hay frente a la mesa; él ocupa la otra.

—¿Cómo te va, viejo? —rompe un silencio, que empezaba a ser molesto.

—He tenido momentos mejores —Blackgod sonríe con desgana—. La verdad es que por eso estoy aquí; sé que tu tiempo es oro y no voy a perderme en circunloquios. Necesito que me eches una mano.

—¿Tú dirás? Pero antes, ¿quieres tomar algo: té, café…?

—No, gracias, estoy bien así. Vamos al grano, si no te importa —se le nota tenso, tiene prisa por terminar lo que ha venido a hacer—. Quiero venderte mi alma, Lord, a cambio de mi libertad. Ya no me conforta ser poderoso; me aburre esta eterna confrontación; acude la náusea a mi garganta, cada vez que cruzo las puertas del Infierno. Necesito dejar de ser, fundirme en la nada, fundirme en un todo con el universo que juntos creamos. Eso a cambio de mi alma. ¿Qué me dices?

Como si se hubiera descargado de un peso enorme, Blackgod se deja caer contra el respaldo de la silla, afloja su corbata y desabrocha el primer botón de la camisa. Mientras, Lord, con los ojos cerrados, rumia en silencio sus pensamientos.

—Eso que me pides es imposible, viejo amigo, formamos parte de la misma dualidad, no existiríamos el uno sin el otro, todo esto colapsaría, se vendría abajo como un castillo de naipes —habla mientras niega obstinadamente con sus gestos—, reflexiona. Tú, yo, compartimos la misma responsabilidad.

El diablo suelta una carcajada, que se convierte en lamento nada más salir de su boca.

—Despierta, Lord, mira a tu alrededor —un cansancio ancestral tiembla en su voz—. Mi reino negro revienta de obispos y cardenales recién salidos de tus iglesias; en el Hades ya no caben más poderosos: banqueros; magnates de todos los gremios; políticos corruptos. Los gestores de fondos buitre han desahuciado a las prostitutas, que vagan desorientadas por el inframundo, y los señores de la guerra campan a sus anchas, sembrando el terror dónde ponen la mirada. Soy completamente prescindible, Lord, han tomado el mando; cuando yo no esté ellos equilibrarán la balanza, nada cambiará, te lo aseguro.

Blackgod guarda silencio, mientras observa, ansioso, el efecto que sus palabras han tenido en el otro.

Lord abandona la silla. Se acerca al ventanal y deja que se pierda su mirada en un horizonte que no existe. Pasa el tiempo. Se gira y vuelve hacia dónde Black le aguarda expectante. Al pasar por su mesa se fija en el informe, que le dejó Gabriel esa mañana. Recuerda lo que dice: muerte, dolor, destrucción. Hombres, mujeres, niños, ancianos, la guerra no hace distingos. Y todo por una causa que siempre encuentra justificación.

—«El papel lo aguanta todo» —piensa—. «Seguramente los dos seamos igual de prescindibles» —y siente que a él también le pesa el cansancio como una maldición—. «Quizás lo que propone Black, sea una fórmula inteligente».

Con paso decidido se dirige a una mesita auxiliar repleta de botellas con licores. Elige una al azar y llena sendos vasos hasta la mitad. Vuelve a sentarse frente a su oponente y le alcanza uno. Los chocan entre sí y beben.

—¿Ya has tomado una decisión? —la pregunta refleja ansiedad en la voz de Blackgod.

—Creo que tienes razón, compañero, la máquina tiene vida propia, no necesita líderes, ya funciona sola. Sin quererlo has ganado. El reino de las tinieblas ejerce su poder, ellos, todos esos que antes mencionabas, gestionan el destino del mundo, no hay solución —se lleva el vaso a los labios y da otro sorbo—. Manejan el equilibrio, son inteligentes y saben que la balanza debe estar siempre nivelada, por eso han estabulado todo lo que es bueno; es su alimento, se nutren del sufrimiento que infligen a los inocentes y los van sacrificando, como en un matadero industrial, a medida de sus necesidades.

—¿Entonces? —mientras bebe, Black mantiene fija su mirada en los ojos de Lord.

Este suspira largamente, alarga la mano hasta el interfono y pulsa un botón. La voz de Gabriel responde al instante.

—Dime Lord, ¿qué se te ofrece?

—Prepara el protocolo ciento once —un silencio espeso se instala en el ambiente, que es roto por la pregunta del secretario.

—¿Estás seguro? Eso significa el final.

—Lo estoy, Gabriel, nada va a cambiar, te lo garantizo, confía en mí.

El interfono carraspea, al otro lado se escucha la respiración alterada de Gabriel.

—Siempre he confiado en ti, Lord. Pongo en marcha el protocolo.

Lord vuelve a la mesita auxiliar. De un cofrecillo de ébano saca un par de cigarrillos liados a mano y le ofrece uno a Blackgod, que lo huele, pone los ojos en blanco y sonríe.

—Esta es de las buenas, mamón, cómo se nota que eres todo un experto en marías —los dos ríen la broma, mientras disfrutan la primera calada.

Gabriel entra sin llamar. Lleva en las manos una pequeña bandeja de plata y, sobre ella, dos cajitas redondas del mismo metal; se la entrega a Lord y queda en silencio, a la espera.

—No sé si te voy a echar de menos, Gabriel —Lord se levanta y le ofrece un abrazo a su secretario, que este acepta con los ojos vidriados.

—Yo a ti, sí, Lord —responde el arcángel antes de dar media vuelta y salir deprisa del despacho.

Los dos hombres se quedan solos. Fuman en silencio y beben licor a pequeños sorbos. Una nube se ha escapado del rebaño, pasa frente al sol y, por un momento, la luz se hace más débil, como un anticipo de luto.

Lord abre su cajita y saca de ella una píldora pequeña, negra, brillante. Blackgod lo imita. Los dos se miran a los ojos.

—Los de la farmacéutica aseguran que el proceso es fulminante e indoloro —dice Lord a modo de información—. Hasta es posible que el alcohol actúe de potenciador, ¿no te parece?

Se mete la gragea en la boca. Blackgod hace lo mismo, sonríe y apostilla:

—Pues entonces… ¡Salud, amigo!

Chocan de nuevo los vasos y apuran su contenido de un trago. La luz vuelve a perder intensidad, suavemente se convierte en un fundido a negro definitivo, y luego nada.

Verónica y Gabriel entran en el despacho. Contemplan a los dos líderes, que siguen sentados, pero con las cabezas ladeadas y ligeramente inclinadas hacia el pecho. No respiran. Los vasos han rodado por el suelo.

—¿Y ahora, qué? —se pregunta Verónica.

—Él me dijo que nada iba a cambiar y yo le creo —contesta el secretario—, pero, al menos de momento, supongo que será mejor mantener esto en secreto, ¿no te parece?

Salen de espaldas, sin hacer ruido, como si temieran alterar el descanso eterno de sus jefes.

—¿Vamos a comer algo? —propone él.

—Vamos.

Armando Barcelona Bonilla

Armando Barcelona Bonilla Relatos

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