Ponle una vía nueva, esta que trae no sirve. Monitorizar. ¿Lleva morfina?

Sí, doctor, cuatro miligramos, hará como diez minutos.

¿Cuánto tiempo hace que está infartada?

Es difícil saberlo, se la encontró así la señora que le va a limpiar. No ha hecho falta maniobra de reanimación.

Bien, directa a la UCI. Protocolo establecido.

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«Se está a gusto aquí, hace calor; al levantarme, esta mañana, la casa era un témpano de hielo, ¡Jesús, qué frío! Pero esto es otra cosa; si no fuera por ese molesto pitido intermitente, la calma sería absoluta. ¡Qué sosiego, por Dios!

Creo que hay alguien más en la habitación, pero hija, de lejos y sin las gafas… Parece un hombre. Y está ahí, quieto, mirándome, da un poco de cosa. ¿Le pregunto? Sí, claro, y salgo de dudas»

—Oiga, joven, ¿nos conocemos? Es a esta distancia, no distingo bien su cara; cosas de la edad, ya ve usted.

El hombre, obediente, da unos pasos acercándose a la cama. María lo percibe como en un zum cinematográfico: ingrávido, flotando, igual que un fantasma, y su maltrecho corazón pega un vuelco cuando por fin puede enfocar su cara.

—¡Eduardo! ¡No puedes ser tú! ¡Imposible! —incapaz de reprimir su asombro, no acierta a apartar la vista de aquella aparición—. ¡Estás muerto!

Él, divertido, la mira sin decir nada, achinando los ojos y con una sonrisa que deja a la vista sus dientes perfectos.

»Espera un momento. Eso quiere decir que yo también lo estoy. No me digas que has venido a buscarme. ¡Qué fuerte! Eres la última persona con quien que podía imaginar encontrarme en un trance así.

La risa del hombre, fresca, limpia, reconfortante, cruza la habitación como una brisa de primavera, silenciando la cadencia intermitente de la máquina.

—No, María, todavía no has muerto. Estás entre los dos mundos, pero según los médicos pronto vas a dar el paso definitivo y quería asegurarme de ser el primero en salirte al encuentro. Aquí hay mucho buitre, sabes, y una chica como tú… En fin, que no quiero dejar pasar la oportunidad —dice pasando sus dedos con ternura por el lacio cabello de la mujer.

—Estás muy guapo, Edu, como cuando éramos jóvenes, ¿te acuerdas? La envidia que me tenían las chicas del colegio cuando nos pusimos de novios; sobre todo Rosarito Atienza, ¡qué perra! Andaba loquita detrás de tus pantalones.

Como una nube pasajera que oculta el sol, la cara del hombre se ensombrece un instante.

—Pero por suerte o desgracia me quedé contigo; créeme, nunca hubo otra mujer en mi vida, solo tú.

Una lágrima furtiva rueda por la arrugada mejilla de María, que corrobora aquella declaración juntando las manos en un gesto de gratitud.

―Ya lo sé, cariño, ¿puedo llamarte así? Por eso me parece mentira que estés aquí, acompañándome en estos momentos difíciles. Tú siempre fuiste generoso. ¿Sabrás perdonarme? Aunque no lo creas, estuve en tu funeral. En la distancia, escondida tras unos árboles, haciendo lo posible para que no me viera tu familia.

Eduardo acerca una silla a la cama, se sienta y sonríe tristemente.

―Claro que fuiste, lo sé muy bien; te recuerdo que yo también estaba allí. Carlos no tuvo agallas, pero tú sí. Siempre fue un cobarde, mi amigo del alma. De él podía esperarme cualquier tipo de traición, pero de ti…

María gira la cabeza para que no la vea llorar.

―Fue el error más grande de mi vida ―solloza mientras sus hombros se agitan convulsos bajo el blanco camisón hospitalario―, una estupidez que pagué muy cara porque te perdí.

Los dos quedan en silencio, solo la máquina sigue latiendo al ritmo que le marca el cada vez más débil corazón de ella.

―¿Mereció la pena? ―queda flotando en el aire la pregunta―. Yo te quería, lo eras todo en mi vida, intenté hacerte feliz. ¿Dónde fallé, María? Me lo sigo preguntando, fíjate, tantos años después.

Ella le tiende una mano temblorosa, que él atrapa entre las suyas con delicadeza de amante.

―No, Eduardo, no mereció la pena. Fue una locura; algo que nunca debió suceder; un arrebato de pasión inconsciente. Yo te amaba, lo juro, y no he dejado de amarte. Me hiciste feliz, más de lo que merecía, fui yo la que fracasó. Te hice daño, mucho, lo sé, lo supe enseguida y aún no he podido perdonarme por ello. Por eso me sorprende tu presencia. Pero no, por favor, no te vayas, te lo ruego. Quédate conmigo, ayúdame a pasar a tu lado. Solo eso te pido.

Un doble suspiro, largo y profundo como un salto en el vacío, acompaña al pitido de la máquina, que ha dejado de ser intermitente.

María se siente distinta, fuerte, sin dolor. Mira sus manos y las descubre tersas, blancas, inmaculadas; se las lleva a la cara, palpa sus labios, y el tacto le devuelve la suavidad de la seda y la jugosa promesa de un beso infinito. Eduardo, a su lado, la mira complacido y sonríe.

―Hola, guapa, llevo esperándote toda mi muerte ―dice a su esposa pasándole un brazo por la cintura para atraerla hacia él.

María se abandona al abrazo y fija sus verdes ojos en la miel de los de su marido.

―¿Podrás perdonarme, vida mía? ―le tiembla la duda en la mirada―. Quiero ganármelo, resarcirte de todo el mal que te causé, limpiar aquella ofensa cruel con mi amor y, si es posible, volver a empezar.

Eduardo pone un dedo sobre sus labios para hacerla callar; la estrecha fuertemente contra su pecho y ambos se funden en un beso largo, húmedo, exigente, que sella todas las heridas.

―Sabes, María, te perdoné en el mismo instante en que lo supe; te quería tanto que nunca pude odiarte.

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Pobre mujer, debe ser muy triste morirse sola, ¿Sabes si tenía alguien, familia, amigos, vecinos?

No tengo ni idea, Venga, vamos a prepararla para que se la lleven, ya se encargarán de eso en administración y apaga ese puto monitor; me está volviendo loca el silbidito.

Armando Barcelona Bonilla

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