Abbeyshrule, pequeña población agrícola, al oeste del condado irlandés de Longford.

El carraspeo del intercomunicador cabalgaba el hombro izquierdo, prendido a la sardineta del uniforme, reclamando la atención del sargento O’Hea, de la Garda Síonchána, al frente de la operación Walpurgis.

—Patito Feo llamando a Mamá Ganso, repito: Patito Feo llamando a Mamá Ganso. Corto.

El sáirsint Kerry O’Hea soltó un bufido impaciente, mientras manipulaba el chisme para responder a la llamada.

—A ver, McEvoy, te recuerdo que tu nombre en clave para este operativo es Osito Amoroso; lo de Patito Feo era la semana pasada, cuando las destilerías de Lanesborough-Ballyleague; ponte las pilas, muchacho. Corto.

—Lo siento, jefe, pero me gusta más Patito Feo, por el mensaje de superación que lleva el cuento y porque mi seanmháthair Kyleen, me lo leía todas las noches antes de dormir. Qué quieres, soy un tipo muy sensible. Corto.

—Vale, Mor, qué ocurre —se rindió el suboficial—. Corto.

—Nada, únicamente quería comprobar si funcionaba bien el sistema de comunicación. Corto.

Otro chisporroteo y dos chasquidos metálicos, anunciaron la incorporación al debate de un nuevo miembro.

—Yo también estoy preocupado por la comunicación, jefe, a mi modo de ver, no marcha. En el Departamento apenas nos contamos las cosas, no sabemos prácticamente nada los unos de los otros y eso genera traumas, que van quedando ahí, como un lastre…

—Está bien, está bien, está bien, Harrison —se sintió obligado a interrumpir, O’Hea, el discurso de su subordinado—, lo tendré en cuenta para la próxima reunión del Comité de Sugerencias, pero ahora estamos a setas, no a Rolex, ¿entendido? Corto.

—Aquí el guardia Coulter, jefe —irrumpió en escena una nueva voz, entrecortada por las interferencias—, si estás recogiendo propuestas para el Comité, yo tengo una: habría que tener en cuenta al colectivo vegano, a la hora de elaborar el menú de sandwiches para la máquina expendedora de la Central. Además, Mamá Ganso es una clara muestra de la preeminencia machista en el lenguaje, tu nombre clave para la operación debería de ser Mamá Gansa. Corto.

—«Un orgullo pertenecer a la Garda Síonchána, me dijeron; el más alto honor para la familia O’Hea, afirmaba mi padre, emocionado; salvaguardia de la paz y máximo exponente de servicio a la patria, me arengaron en la academia» —pensaba con amargura, en silencio, Mamá Gansa, con un hondo sentimiento de autocompasión engurruñándole las tripas—. A ver, muchachos, ¿tengo que recordaros que hoy estamos a 17 de marzo?, ¿es necesario que os reitere la importancia y el peligro que entraña este operativo?, ¿hace falta que repasemos los trágicos acontecimientos, que hemos tenido que vivir, en noches como esta, durante los últimos cinco años? Corto.

—No, no jefe, perdona. Corto.

—Para nada, sargento, tienes razón. Corto.

—Yo es que soy vegano y militante del movimiento anti sexista, jefe, lo siento. Corto.

Las tres voces se superpusieron, disputándose el ancho de banda, en un galimatías apenas inteligible. Aun así, todos eran conscientes del riesgo que entrañaba una misión, enmarcada en la noche del año en que la teriantropía se adueñaba de toda la nación; los quince mil miembros de la Garda, eran incapaces de controlar semejante desenfreno diabólico y hasta el ejército era obligado a tomar posiciones, para proteger a la comunidad.

No eran pocos, los casos en que un humano se convertía, de forma transitoria, en otro animal diferente, sobre todo los fines de semana, pero, con todo, suponían un porcentaje social muy pequeño, mayoritariamente masculino, y existían medios suficientes para mantener el problema bajo control. Sin embargo, cada 17 de marzo, al llegar la noche, sin que hubiera una explicación coherente para ello, se producía un incremento abrumador de personas, que sufrían esa terrible mutación. Los cuatro agentes encargados del operativo Walpurgis, tenían que proteger a los ciudadanos de Abbeyshrule, de los monstruos que, irremediablemente, vomitaría el infierno al amparo de las tinieblas.

En cuanto empezó a oscurecer, fue haciéndose más numerosa la llegada de hombres al cobertizo del viejo Gordain McGee, lo que facilitaba mucho el trabajo de la policía, porque la granja se encontraba en una especie de culo de saco, formado por la escarpada ladera, casi vertical, de Devil’s Hill al fondo, el cauce del Shannon a la izquierda y los restos de la abadía de Brewing Saints a la derecha, de la que únicamente quedaban en pie los altísimos e infranqueables muros de piedra; así que solo se podía entrar o salir de las tierras de los McGee’s, a través de una vía de acceso, controlada por el comando del sargento O’Hea.

Era mucho el tiempo transcurrido, desde que los últimos rezagados se acogieron a la hospitalidad del enorme barracón, que permanecía con sus puertas cerradas a cal y canto, lo que no era obstáculo para escuchar la algarabía que armaban los allí reunidos, entregados a la salmodia de himnos en lengua gaélica, acompañados por la ejecución de obscenas danzas rituales, presagio de un horror conocido, aunque no por ello menos espeluznante. Conforme avanzaba la noche, las melopeas paganas se fueron convirtiendo en oscuras cacofonías, estremecedores gritos salvajes y, por último, en auténticos rugidos de fieras desbocadas; la hora del aquelarre estaba cercana y el comando de la Garda se dispuso a entrar en acción.

—Preparad las antorchas, muchachos —ordenó Mamá Ganso, refiriéndose a los potentes focos de luz instalados en el techo de los coches patrulla—, la fiesta va a empezar de un momento a otro. Corto.

Un silencio inquietante se adueñó del almacén; fueron unos pocos segundos, suficientes para que la respiración de los cuatro policías uniformados, se desbocara por efecto del incremento de adrenalina en su torrente sanguíneo. Enseguida, una potente voz de barítono comenzó a entonar las primeras estrofas de Danny Boy:«Oh, Danny boy, the pipes, the pipes are calling», inmediatamente secundadas por el resto de criaturas, que atestaban el polvoriento cobertizo de los McGee’s.

—Alerta máxima, repito, alerta máxima; preparad todo el material —casi rugió al intercomunicador el sargento—, en cuanto terminen de cantar se desatará la tormenta. Suerte, compañeros y que Dios nos proteja.

—«And I shall sleep in peace until you come to me!» —arrastró, suavemente, el coro, los últimos compases de la canción. Luego, de nuevo, un silencio breve, para que de inmediato, con saña, como una daga rasgando la quietud de la noche, un grito largo, agudo, semejante a un aullido, como el zaghareet árabe, hiciera saltar por los aires las puertas del establo, vomitando una horda de engendros demoníacos, que se desparramó por la campa, débilmente iluminada por una luna, que en ese instante, horrorizada por el espectáculo, trataba de ocultarse tras algunas nubes volanderas, hechas jirones.

—¡Los focos, rápido, encendedlos, a toda potencia! Corto.

Los guardias soltaron de golpe el rigor de las cuatro antorchas y la explanada se iluminó como si un brillante sol de primavera hubiera llegado al rescate. Los monstruos, lo mismo que vampiros amenazados por la luz del día, se protegían los ojos haciendo visera con las manos, mientras trataban de huir, por todas partes, sumidos en el desconcierto. Muchos corrieron hacia la colina, tratando de escapar por sus rocosas escarpaduras: la mayoría, abrumados por el esfuerzo, desistieron enseguida, solo unos pocos continuaron intentándolo, para terminar derrumbados sobre una roca, en el fondo de alguna grieta o peligrosamente suspendidos en el vacío, aferrados a las retamas.

Abajo, en la planicie, el espectáculo era sobrecogedor: los mutantes corrían, descontrolados, de un lado para otro, poseídos por el maléfico influjo de la noche de San Patricio. Los cuatro hijos de Murtagh Rooney, se movían veloces, como felinos, a cuatro patas, apoyándose en las manos para lanzar hacia delante sus cuartos traseros, mientras el patriarca de la familia, desnudo de cintura para arriba, hacía gala de su obesidad mórbida, ejecutando una pornográfica danza del vientre, que provocaba el borboteo de toda su gelatina adiposa.

—¡Ayuda compañeros, no puedo soportarlo! —suplicó por el intercomunicador un aterrado Mor McEvoy, incapaz de apartar la vista del terrible espectáculo protagonizado por Rooney—. ¡Que alguien me arranque los ojos, por caridad!

—Aguanta, hijo, sé fuerte, has hecho un juramento, debes defender a la comunidad, no te rindas.

—¡Sargento unos cuantos han roto el cerco y se aproximan hacia mi posición! ¿Abro fuego?, ¿salgo de naja? Solicito instrucciones. Corto.

—Esos van tan ciegos que no les afecta la luz. Manten la posición, Harrison, no dispares, simplemente rocíalos con agua, no la soportan. Corto.

—Mi sargento, no hay una sola mujer en todo el grupo; es una clara discriminación por razón de sexo y habrá que denunciarlo ante el Consejo Comarcal, para que se tomen medidas en las próximas ediciones del evento.

—¡Vete a tomar por el culo, Coulter! Corto.

Gradualmente, el cansancio fue debilitando la resistencia del fenómeno; la teriantropía colectiva comenzó a diluirse en un coro de ronquidos; los cuerpos, derrengados, buscaban refugio entre las pacas de forraje, en el arrimo de los muros abaciales o en cualquier otro lugar, que pudiera protegerlos del relente, que el ya próximo amanecer traía de la mano. Pronto, el paraje fue un campo de batalla, salpicado de cuerpos inertes y los guardias pudieron comenzar a relajarse.

—Bien hecho, muchachos —la voz del sargento O’Hea denotaba un cansancio viejo, secular—, podemos desmontar el operativo, aquí está todo bajo control. Os felicito. Recoged y volvamos a la Central. Corto.

—De acuerdo, Mamá Ganso, nos vemos allí en un rato. Corto.

—Mamá Ganso, sería bueno que habláramos sobre lo ocurrido aquí esta noche, para que no se enquiste la mala experiencia, ¿no crees? Corto.

—Mamá Gansa, ¡coño!, que me tenéis hasta el poto, con vuestro lenguaje sexista. Corto.

—«¡Jesus, qué tropa!» —suspiró el sáirsint Kerry O’Hea, mientras metía las llaves en el contacto del coche patrulla y desconectaba el circuito de comunicación. La noche de San Patricio, por ese año, ya era historia.

Armando Barcelona Bonilla

Armando Barcelona Bonilla Relatos

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