El conde Ostragonov colocó a contraluz de la vieja lámpara de pie su copa de finísimo cristal de Baccara, para calibrar el color y pureza de su contenido; luego, inclinándola ligeramente, asomó la nariz al delicado borde tratando de captar los aromas que emanaban del primoroso cáliz.

—¿Qué te parece, Leonor, querida? —consultó con la condesa esperando con interés su dictamen.

Ella, sujetando el tallo de la copa entre el pulgar y el índice de su mano derecha, con el meñique ligeramente extendido, la llevó a sus labios, mojándolos apenas en la bebida.

—A mí, Ludovico, qué quieres, estos caldos franceses no me acaban de convencer, son excesivamente acervos, para mi gusto, me provocan acidez; prefiero los españoles, más jóvenes y frescos, tienen fruta, son amables al paladar, incluso algún italiano, de la Toscana, con ese toque a canela y cuero tan característico; me han hablado muy bien de los chilenos, querido, deberíamos probar.

—¿Y usted qué opina, Bermúdez? —preguntó el conde a un señor de Alcantarilla, bajito y metido en carnes, que ocupaba una de las butacas del tresillo; sin abandonar la observación al trasluz de las características visuales del néctar.

El murciano, visiblemente turbado, se encogió de hombros, mareó la copa, como había visto hacer a los condes, pero con un estilo más montaraz, embocó la nariz hasta despabilarse los mocos en su contenido y le metió un tiento al brebaje, que lo dejó tiritando.

—A ver, señor conde…

—Ludovico, querido, Ludovico; al fin y al cabo, puede decirse que es usted de la familia —lo interrumpió el noble anciano.

No pudo reprimir un gesto de incomodidad, Bermúdez, y un rubor escarlata se apoderó de sus mejillas.

—Como usted mande, don Ludovico. El caso es que, volviendo a lo del prive, yo no estoy acostumbrado a estas exquisiteces, qué quiere que le cuente. Hasta hace cuatro días, como quién dice, un palmero de peleón con gaseosa me hacía feliz, era un hombre de costumbres sencillas: el carajillo mañanero, la charcutería, un par de cañas por la tarde, el abono del Rayo los domingos y pare usted de contar; normal y corriente, créame. Pero se cruzó en mi camino don Cayetano, su hijo de ustedes, tan suyo, él, impulsivo, culo veo, culo quiero, pasó lo que pasó y me cambió la vida, ¡leñe!.

Un carraspeo incómodo se instaló en la garganta del conde, mientras doña Leonor se llevaba discretamente el pañuelo a los ojos.

—Venga, venga, amigo Bermúdez, no se queje usted que le ha venido el diablo a ver, señor mío. ¿Cuándo hubiera usted soñado entroncar con una familia de tan rancio abolengo como la nuestra? Le advierto que nuestras raíces se hunden en lo más rancio de la nobleza del siglo XI, el mismísimo Cid Campeador pasaba los veranos con su familia en nuestro palacio de Alcudia, no le digo más; claro que por aquel entonces el territorio pertenecía a la taifa de Denia, pero don Rodrigo hacía a pelo y a lana.

Este último comentario de su esposo, a la condesa le sentó como un tiro y con la mirada le lanzó un par de andanadas con malísima intención.

—No, si no me quejo, pero yo con mis morcones, mi morcilla extremeña y el jamón de bodega, pues mire, que me iba tan ricamente; entienda usted también que el cambio para mí ha sido enorme, necesito tiempo, qué sé yo, un periodo de adaptación, encontrar mi sitio en este ambiente, reinventarme, como quien dice.

Ludovico miró su reloj; se había hecho tarde, a lo tonto y charrando les habían dado las tantas, no tardaría mucho en amanecer. Se levantó del sillón e invitó a Bermúdez a hacer lo propio.

—Mi querido amigo, estábamos tan a gusto de tertulia con usted, que no hemos caído en la cuenta de la hora que es; tendremos que reanudar esta conversación en otro momento, porque espero que seguirá usted honrándonos con su presencia.

Olegario Bermúdez, de Alcantarilla, Murcia, antiguo propietario de «Charcuterías Olegario», se levantó con torpeza del asiento. A lo tonto, charra que te charrarás, se había empujado al coleto media docena de copas y no estaba en plenitud de forma.

—¿Está usted en condiciones de volar, querido amigo? —se interesó el conde preocupado.

—Perfectamente, señoría, no se preocupe usted, en cuanto me dé un poco el aire…

—Cuide usted a la salida de la curva, nada más abandonar el castillo, que suelen estar los quirópteros civiles haciendo controles de hemoglobina; se ponen las botas, los fines de semana —le advirtió solícita la condesa.

Los viejos, callados y sonrientes, permanecieron un rato asomados a la ventana, siguiendo con la mirada el errático vuelo del murciélago que se alejaba zigzagueando.

—Ludovico, tienes que hablar de estas cosas con Cayetano —rompió el silencio doña Leonor—, estoy harta de tener que aguantar a tanto plebeyo en nuestra casa, por culpa de las calenturas del niño.

El conde entrecerró los ojos solicitando indulgencia y comprensión.

—Es un chiquillo, Leonor, apenas cuenta doscientos años, criatura, tiene las hormonas reventándole por las costuras; dale tiempo mujer a que madure, verás como a lo que nos descuidemos, se nos ha convertido en un vampiro hecho y derecho.

»En cuanto al charcutero este, tómalo como lo que es, un desliz de Cayetano, un mordisco calentorro que se le escapó al muchacho. Que se reinvente Bermúdez, como él dice; cuando le coja el tranquillo a esto del vampirismo ya le buscaremos una ocupación acorde con su plebeya condición. Y vamos al sarcófago, querida, que ya empieza a despuntar el alba y no estamos para demasiados trotes.

—¡Ay, Astaroth, Belcebú, Leviatán! —invocó vehemente la condesa— ¡Dadme paciencia para soportar este castigo!

Y los dos, bostezando, cogidos del brazo, renqueantes, se perdieron en las profundidades del castillo, como en un fundido en negro, a descansar el día hasta la noche siguiente.

Armando Barcelona Bonilla

Armando Barcelona Bonilla Relatos

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