«Me he escapado. Atrápame. Llévame a mi amo, Zonino, y recibirás un sólido».

El anciano Demetrio acarició con sus dedos la rugosa placa enmohecida y aquellas letras, cinceladas en el hierro a golpes de dolor, humillación y rabia, le quemaron en el alma como carbones encendidos. Muchos años habían pasado desde que consiguió liberarse de la argolla que la mantenía sujeta a su garganta, pero haberse desprendido de ella no fue suficiente para dejar atrás su condición de esclavo. 

Huir de la ergástula de Zonino no fue lo más difícil: sus brazos eran poderosos, las ansias de libertad inquebrantables y demasiado frágil el cuello del tracio que los custodiaba. A partir de aquel momento, consumado el crimen, con los perros del amo rastreando su pista y la perenne amenaza de que alguien pudiera reconocer su condición y apresarlo para hacerse con la recompensa, el templo de la diosa Diana de Nemi constituía la única y lejana posibilidad de supervivencia. Sin embargo, para un siervo huido llegar hasta el santuario del bosque era en sí mismo todo un reto.

Lo mismo que aquella lejana noche, las estrellas adornaban la cúpula del bosque y una brisa caliente alzaba cabrillas en la superficie del lago, distorsionando el espejo en que se miraba la deidad. El viejo esclavo contempló con aprensión la herida que había dejado en el árbol la rama desgajada. Se sintió cansado, el peso de la culpa doblegaba su fatigada espalda y supo que pronto un nuevo Rex Nemorensis ocuparía su lugar en el templo. La caza estaba llegando a su final.

Un leve crujido en la broza reseca lo sacó del torpor haciéndole apretar con fuerza la empuñadura de su espada. Quizá fuera una piña desprendida de su rama, el paso de algún animal nocturno o la simple acción del viento en el follaje, pero aquella interminable cacería, había modelado con nervio de acero su instinto de presa acorralada. Los fantasmas del pasado acudieron a la convocatoria del miedo y el tiempo se detuvo para escuchar su lamento.

Nunca supo el nombre de su predecesor; cuanto tiempo se entronizó como rey del bosque, ni de qué amo estuvo huyendo. Los siervos son simples instrumentos temporales, herramientas sin alma, aperos sin historia. 

Aquella lejana noche, oculto en la espesura, apretando entre sus manos la rama que acababa de arrancar del árbol sagrado que ningún hombre libre puede tocar, olfateó el miedo de su rival. Lo vio encogerse bajo la carga de la amenaza, estrujar con garra crispada el puño de su acero, acechar inquieto la oscuridad, presintiendo la cercanía de la muerte y supo que la diosa lo había elegido a él, Demetrio, nacido libre como Adastro, el que no rehúye el combate. El tiempo del cazador se había dado.

Cuatro lustros y tres veranos es demasiado tiempo en la vida de un hombre. Todavía más del Rex Nemorensis. Siempre alerta, de noche y de día, invierno y verano, preparado para defenderse y vencer, uno tras otro, a sus adversarios, sin importar cuántos, sin importar cuándo. Con la certeza de que el tiempo, inexorable, irá marcando el momento de la sucesión. Sabe que antes o después, el menor desfallecimiento, la enfermedad inoportuna o las primeras canas, propiciarán el relevo, se repetirá el sagrado ritual y un nuevo esclavo huido, sin otra ofrenda para la diosa que su mísera vida, lo asesinará para ocupar su trono. 

La hoja del gladio relampagueó al reflejo de un rayo de luna. Sin duda, su brazo todavía era fuerte y los años de lucha le habían dado experiencia y aplomo suficientes para repeler el ataque. Pero decidió ir hacia la luz de las estrellas y alcanzar la libertad.

El nuevo rey del bosque contempló, satisfecho, la sangre que engalanaba el reluciente acero de su espada. Desconocía cómo se llamaba el hombre que descansaba a sus pies, de qué amo había estado huyendo, ni el tiempo que duró su reinado. Pero por encima de todo aquello, lo que aquel siervo asesino ignoraba es que había sido cazador por un instante, para caer en la maldición de convertirse en presa hasta el fin de sus días.

La Diana de Nemi esbozó una sonrisa sobre el espejo del lago y la llegada del amanecer agitó la enramada del bosque, que indolente y ajeno a cualquier drama, continuó siendo testigo mudo de aquella cacería interminable.

Armando Barcelona Bonilla

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