Conchi vuelve del lavabo ajustándose las mallas de licra. Tiene las mejillas ligeramente ruborosas y su mirada huidiza es incapaz de esconder un cómplice relámpago de picardía; el lápiz de labios se le ha desplazado hacia espacios que no le son propios y trae en los andares contoneo de hembra satisfecha.

Angelita y Rosi cruzan una sonrisa de «¡vaya perra!», que hace innecesarias las palabras, y las dos escanean el local intentando ubicar a Ronaldo, el camarero venezolano que desde hace tres semanas les alegra las mañanas con cruasanes, algo para acompañar: «corto de café, con leche de soja y en vaso alto, rey», «descafeinado de máquina con sacarina, por favor, cariño», «para mí un chocolatito, bien caliente y con mucho grumo» ―la del chocolate es Conchi―, y tema de conversación al margen de la rutina doméstica.

A Conchi se le retiró la regla hace un año, justo dos meses antes de romper con Benito una relación de toda la vida, desde el instituto, de las que cuesta prescindir. Pero tras los primeros titubeos e indecisiones, ha tomado las riendas de su existencia y puede decirse que se ha graduado cum laude. A los hijos del matrimonio, ya mayores ellos, independientes, la cosa que ni fu ni fa; Benito no cuenta para esta historia; pero a ella, con el tiempo, se le abrió un mundo nuevo lleno de posibilidades.

Explorándose, encontró resortes en su anatomía que nunca antes se había atrevido a buscar y desde ese descubrimiento, su cuerpo ―cuerpazo, que se lo machaca en el gym sin misericordia―, no hace otra cosa que exprimir las reservas de estrógenos para mantenerla en un estado de receptividad continua, que disfruta insaciable como una adolescente.

Angelita mira su reloj. Es mucho más joven que las otras dos. Todavía falta un poco para abrir la tienda. Ausente, mordisquea el bollo mientras remueve su café con la cucharilla. No tienen hijos y Marcial dejó bien claro, desde el primer día, que sus «soldaditos» estaban en perfecto estado de revista y no tenían la culpa de nada, negándose a que un laboratorio de tres al cuarto pusiera en cuestión su masculinidad. Él es como es y también tiene sus cosas buenas. Lo quiere, aún la hace reír, pero Angelita necesita realizarse como madre y no entiende la cerrazón de su marido.

Daniel es muy distinto, tan ocurrente, dulce y amable. Su relación es solo profesional: muestrarios, pedidos, albaranes. No quiere negarse a sí misma que lo encuentra atractivo: sus manos son suaves y cuando entran en contacto con las suyas siente como un hormigueo que le recorre todo el cuerpo. Además, es gracioso, divertido, sabe tratar a una dama. Durante un tiempo estuvo rechazando ir a tomar un par de cervezas juntos tras cerrar la tienda, hasta que al fin consintió. Es tan persuasivo y, por qué negarlo, el tiempo con Daniel se pasa volando. El mes pasado quiso invitarla a cenar. Marcial no objetó nada, oficialmente la cena iba a ser con sus amigas Rosita y Conchi. Lo pasaron bien, la velada fue gratificante y se prolongó hasta muy entrada la madrugada.

Hoy ha pedido descafeinado con sacarina; las otras no se han percatado del detalle, pero, además, ha decidido dejar de beber y fumar durante un tiempo. Está feliz, pero quiere que su marido sea el primero en saberlo. Seguro que Marcial va a sentirse muy orgulloso de sus «soldaditos», cuando le enseñe, esta tarde, el resultado del test de embarazo.

Rosi acaba de decidir que ya no quiere más leche de soja en el café; hay cosas que, a fuerza de repetirlas, se meten en la piel, te colonizan como un hongo, sin darte cuenta, y para ella, Manolo se le acaba de revelar como eso, un enorme y cansino champiñón, que lleva toda la vida parasitando su existencia. Han tenido que pasar veintitrés años para darse cuenta, y se lamenta mucho por ello, pero, «oye, nunca es tarde», piensa. Rosa es lo que tiene, jamás se deja vencer por el desánimo y les busca a las cosas el lado bueno.

Los de Amazon le trajeron el paquete por la tarde. Lo aparcó en el armario ―tampoco era plan de que Manolo anduviese fisgoneando―, y salió, como tenía previsto, a meterse a saco en las rebajas de El Corte Inglés. El cuerpo le pedía tralla de lencería fina, le excita el roce de las sedas y aún está en medidas de lucirlas con desparpajo. Ciento ochenta y tres euros se dejó en la tontería, «pero bien a gusto, oye», se dice luego, contemplando sus pechos generosos enfundados en aquellas transparencias negras con encajes, en las que las aureolas parecían dos dianas perfectas, desde las que unos sedientos pezones reclamaban a gritos urgente hidratación.

De perfil ante el espejo, sopesa sus nalgas, satisfecha; «mañana me afeito el felpudo», se dice sin dar demasiada importancia al detalle y así, de esta guisa guerrera, se contoneó hasta el salón, donde su hombre, en camiseta y calzoncillos, con un bosque de latas de cerveza vacías repoblando la mesita baja y el mando a distancia de la tele en la mano, daba pequeños brincos en el sofá de un lado a otro, frenético, siguiendo las evoluciones del clásico futbolero.

―Manolo, pirata, ¿te gusta lo que ves? ―musitó Rosi con la voz más ronca y sensual de la que fue capaz.

―Van cero a cero, pero estamos jugando mejor que ellos ―respondió Manolo sin quitar los ojos de la pantalla.

―¡Que me mires, coño! ―rugió ella como una leona del Serengueti en plena ovulación―. ¡La madre que te parió!

Arrancado de su estulticia, a Manolo se le salieron los ojos de las órbitas ante el espectáculo que se ofrecía a su vista. Dejó el partido de lado, se aproximó a su mujer y hasta hizo amago de acariciarle un pecho, que ella cortó de un violento manotazo.

―¡Coño, Rosi, que lo hicimos hace quince días, no jodas! ―se rindió Manolo al hechizo abrazando protocolariamente a su esposa.

―¡Quita, que hueles, guarro! ―lo empujó ella lejos de sí.

―Mujer, son las feromonas, y eso a las tías os pone brutas.

―Qué feromonas ni leches. A choto, hueles, asqueroso. Anda, quita para allá ―lo empujó con rabia mientras iniciaba el camino de vuelta al dormitorio.

Abrió el armario, sacó el paquete, alargado y de respetables dimensiones, lo apretó contra su pecho y pensó: «Menos mal que tú nunca me fallas, Amazon».

Todo esto recuerda Rosi esa mañana, mientras ve a su amiga repintarse los labios. Ronaldo navega entre las mesas como un dios moreno de la fertilidad; al pasar junto a ellas, la mujer percibe un embriagador aroma dulce a ron, canela y melaza: «esto sí, son feromonas, joder», piensa medio en trance a la vez que una breve descarga eléctrica reacciona a la humedad de sus bragas de encaje. Conchi, experta ya en esas lides, se percató de ello. Las dos cruzaron una mirada cómplice. Una movió los ojos en dirección al camarero. La otra, tras pensárselo un poco, dijo que sí con la cabeza…

―Ronaldo, cariño ―llama Conchi la atención del muchacho―. Anda, sé bueno y lleva a mi amiga a que vea el almacén, que tiene curiosidad. Ni te lo imaginas, Rosi, mi amor, vas a alucinar.

Y una mano firme en la cintura, la cálida promesa de su sonrisa, junto a esos dientes de lobo hambriento de Caperucitas en sazón, fue todo lo que Rosi necesitó para entrar, sin reparos, discretamente y sin palabras en aquel arrebatador juego de damas.

Armando Barcelona Bonilla

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