He vuelto a tener ese sueño horrible, opresivo, agotador. Una pesadilla, de la que me despierto jadeante, sudoroso y con una perturbadora opresión en el pecho. Sueños recurrentes, he leído en algún sitio que se llaman; hay cantidad de páginas en Internet que se dedican al tema y a interpretar lo que significan. La mayoría de ellas también te adivinan el futuro, en función del signo zodiacal que te haya tocado en suerte, y se ofrecen a calcular tu carta astral por unos pocos euros. Solo algunas serias, aconsejan que consultes a un experto, un profesional, un sicólogo, vaya.

Pero os cuento. En mi sueño voy caminando por un largo pasillo. Las paredes son lisas, grises, de hormigón; altísimas, tanto que no alcanzo a ver donde terminan, pero sí un cielo oscuro, tenebroso, que da yuyu. Tengo espacio suficiente para moverme a derecha e izquierda, sin embargo, mirar hacia arriba, perderme en ese infinito de cemento, me produce una desagradable sensación de angustia. Anablefobia, dicen que se llama la gilipollez.

¿Sabéis la cantidad de fobias raras que tiene la peña? Yo alucino, son tantas que las han tenido que clasificar por orden alfabético en un diccionario: Ablutofobia, la de los que les horroriza lavarse; mi tío Anselmo, sin ir más lejos. Por Navidad le sacamos la cena al descansillo, no te digo más. Algunas no hace falta ser experto para saber de qué van, Coniofobia, por ejemplo, miedo al polvo: ¡coño, está cantado! Una muy extendida entre la sociedad actual, Fronemofobia, miedo a pensar. Para qué hacer el esfuerzo, si las redes sociales te lo dan todo hecho, ¿verdad tío? Pues qué quieres que te diga, tu móvil es inteligente, pero tú eres un perfecto idiota. Ahora, que para mi gusto, la palma se la lleva, la fobia a las palabras extensas, Hipopotomonstrosesquipedaliofobia. Habría que darle un premio al cachondo que la bautizó, no se puede ser más hijoputa.

Pero volviendo a lo mío. Estoy en el pasillo, como ya os he dicho, altísimo y larguísimo, pero de alguna manera intuyo que delante de mí, las paredes comienzan a estrecharse lentamente, he de darme prisa en pasar si no quiero quedarme atrapado. Entonces ocurre lo verdaderamente angustioso. Quiero echar a correr, muevo las piernas, me esfuerzo al máximo; sin embargo, no avanzo un milímetro. Estoy anclado al terreno, como si mis zapatos fueran de hierro y el suelo un imán poderoso, que tira de mí. Mientras, el embudo se va formando, ya es evidente, y sé que debo pasar, inexorablemente, por él. A que acojona.

Debería consultar con un loquero, dirás. Sí, seguro. ¿Tú sabes lo que cobra un tipo de esos por sesión? No me llega. Necesito alternativas, sucedáneos —esas cosas de imitación a las que hemos de echar mano los pringadillos, para hacer como que disfrutamos del primer mundo—, y lo más aproximado que conozco es un cura. Pero, quita, que ya me imagino la secuencia:

—Padre, he tenido un sueño.

—¿Cuántas veces?

—Un montón, varios por semana.

—¡Guarro, que eres un guarro! Te vas a quedar ciego, ¿lo sabías?

—Oiga que no le he dicho de qué va.

—Bueno, si quieres entrar en detalles, espera que me ponga cómodo. Cuenta, hijo mío, cuenta.

No. Mala idea. ¿Y ese clínex…? Además, soy un descreído irredento, escéptico vocacional y coincido completamente con don Miguel de Cervantes: «Tienes que desconfiar del caballo por detrás de él; del toro, cuando estés de frente, y de los clérigos, de todos lados».

Podría echar mano de Mancini, Alfredo, argentino, amigo del grupo, tiene consulta, me haría precio, pero… Yo no sé si contaros esto. Me da cosa. En fin, venga, va, que hay confianza. 

Tuve una novia, Celia, una maravilla de persona, inteligente, simpática, guapa; lo tenía todo, pero la pasión se apagó antes de tiempo, a los pocos meses de comenzar la relación. Cosas que ocurren, momentos complicados, exceso de trabajo, demasiado estrés, ¡yo qué sé! Recurrí a Mancini en el peor momento, lo reconozco, un sábado por la noche, en El Kontiki, con la música a tope y en medio de una galerna de Seagram’s con dióxido de carbono:

—Este, no sé cómo decirte, Alfredo, tú sabes que quiero mucho a Celia, es buena chica.

—Sí, y está regia, ché.

—Bueno, ya, modera tu entusiasmo. El caso es que Celia y yo… yo y Celia… pues no…

—¿Y qué querés que te diga? Sos un boludo. ¿Su mamá y usted tuvieron una relación normal, de chico? ¿Podés pasarme el número de Celia? Por cuestión profesional, claro.

No sé, no lo veo, casi prefiero al cura. En fin, que me voy a tirar por lo autóctono: el remedio casero, de la abuela, el que nunca falla: un par de copitas de chinchón antes de irse a la cama y como dios. 

¡Señor, qué cruz! Ya os cuento.

Armando Barcelona Bonilla

Armando Barcelona Bonilla Relatos

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