Sin receta médica

—¡Uy, qué mal, tío!, el Atronkamazo sin receta no te lo puedo dar, colega —la muchacha rondaría la misma edad que Pancracio, era guapilla, aunque un pelín gótica, pero la bata blanca de auxiliar de farmacia hacía que pareciera menos agresiva la quincalla de piercings, anillos y perifollos, que lucía a simple vista. —Sí, ya…

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