Hace frío, mucho, y no deja de llover. El agua se cuela por el cuello de mi capote, empapado, que pesa como una condena. El barro, pegajoso, repugnante como la baba del diablo, ha convertido mis botas en dos mazacotes de limo negro, pestilente, como la noche.

Aprieto el fusil con fuerza y pongo todos mis sentidos en alerta, atento a cuanto me rodea, vigilante, en tensión, mi vida depende de ello. Falta mucho para que otro desgraciado venga a relevarme, ocupe mi lugar en este pozo de mierda y se pegue a la tierra, sobrexcitado por el miedo y rezando para que la muerte, al menos esta vez, pase de largo.

Acuden a mi mente imágenes del pasado, de mi niñez: mi abuelo Jasha, tomando café con sus amigos en la tertulia del Pushkin. Hace calor, el humo de los cigarros impone una neblina azulada y las voces se mezclan en orquestada algarabía. Hablan de la guerra, de la que toque en ese momento; somos un pueblo que siempre está en guerra, atacando o defendiéndose, muriendo por el Zar, el Soviet Supremo o el Presidente de la Federación, eso es irrelevante. Es nuestra historia.

Veo la escena con ojos de niño. Los hombres remueven con la cucharilla sus cafés, para disolver el azúcar; mi abuelo lo toma solo y guarda los terrones en el bolsillo de su chaleco. A veces, con una sonrisa brillando bajo su recio bigote, me ofrece uno; sabe que me encanta sentir cómo se diluye en mi boca, disfrutar su dulzor. Pero no, no, no. Nada de recuerdos, fuera ensoñaciones, es peligroso dejar que la cabeza vague distraída. El descuido más insignificante puede ser el último.

Un rayo ilumina la noche, creando un efecto estroboscópico que confunde. Algo parece moverse en tierra de nadie, aunque es posible, lo deseo con toda mi alma, que solo haya sido una ilusión óptica. Pero este no es lugar para la fe, el mal acecha, pueden llegar en cualquier momento, por donde menos lo espere, con la intención de acabar conmigo. No los culpo, yo haría lo mismo, hago lo mismo; solo que este no es mi país, soy un extraño, un invasor, el enemigo. Esta guerra no es la mía. No quiero estar aquí, morir aquí. Ninguno de mis compañeros de trinchera la entiende. Aunque, realmente, ¿alguna guerra es comprensible? Solo la locura megalómana de los poderosos las hace posible.

Tengo sueño, llevo días sin dormir, apenas alguna cabezada, en los escasos momentos de calma que vive el frente. Ahora no me lo puedo permitir. Si tuviera un azucarillo, de los que me daba mi abuelo. El azúcar revitaliza, da energía. Estoy cansado, muy cansado.

Creo escuchar algo distinto, un sonido que no llego a entender y me inquieta. Me aferro a la tierra, quiero fundirme con ella, hacerme invisible, desaparecer. Escucho. Silencio, solo la lluvia golpeando mi casco y algún trueno en la distancia. La tormenta se aleja. El pánico me paraliza, cuando siento que un brazo, fuerte, de hierro, inmoviliza mi cabeza. Sé lo que viene a continuación, yo mismo lo he tenido que hacer innumerables veces. Solamente espero que sepa hacer bien su trabajo. Un corte profundo, decidido, que seccione limpiamente músculos y arterias. La tráquea es el obstáculo más difícil de superar; por eso ruego a Dios que no sea su primera vez.

Vuelvo a estar en el Café Pushkin. Está casi a oscuras y hace frío. No hay camareros pululando entre las mesas y solamente una, la de mi abuelo y su tertulia, está ocupada. Remueven las cucharillas en sus tazas, pero están vacías; los azucarillos, sin tener en qué diluirse, bailan una danza extraña. Ellos, los hombres, hablan de la guerra, de cualquiera, de la que toque. Somos un pueblo carne de cañón. Jasha, mi dedushka, hurga en el bolsillo de su chaleco, saca un terrón de azúcar y me lo ofrece. No puedo llegar a él. La luz se debilita. Hace frío, mucho frío. Tengo sueño. Quiero dormir.

Armando Barcelona Bonilla

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