«Querida Amelia, hace tiempo que no te escribo, lo sé, pero hija qué quieres, ya sabes que el correo aquí no funciona y saber que no te llegan las cartas desmotiva una barbaridad. Estar muerto es un latazo, créeme, lo de la vida eterna, el otro mundo, la corte celestial y su puñetera madre está sobrevalorado, pura milonga. Normalmente, esto es muy aburrido, la misma rutina todos los días, igual que allí, solo que lo nuestro es a perpetuidad. Por eso, cualquier movida, por pequeña que sea, provoca un subidón colectivo, el personal se entusiasma y allí donde vayas no se habla de otra cosa. Sin ir más lejos, hace cosa de dos meses estuve metido en un fregado de la leche y te lo voy a contar.

Ya sabes que hice amistad con Jesús y sus colegas. Aquí le llaman Joshua, maestro, mesías o rabí. Son gente guapa, muy OldMoney, pijos como ellos solos, pero divertidos. Los fines de semana vamos a Jacob’s; no sé si te acuerdas, el macro tugurio donde Jacob Yitzchak hace de hospitality manager. Sí, mujer, haz memoria, el tío rata que le negó alojamiento a la sagrada familia en Belén, te lo conté en su día, acuérdate. Como castigo por su avaricia, está condenado a regentar el complejo de ocio más grande del universo. Allí tienes de un todo, Amelia, lo que quieras, y gratis, by the face, no puede cobrarle un euro ni a dios. Tremendo. Pues a lo que vamos. Estábamos tomando allí unas copas y Juan, el hermano de Joshua —tiene un primo que también se llama Juan, pero no se llevan demasiado bien por cosas de herencias; otro día te explicaré—, como te decía, Juan se puso a dar la chapa con un rollo que tienen entre ellos, algo de una cena conmemorativa, que celebran todos los años entre marzo y abril, el jueves anterior al primer domingo siguiente a la primera luna llena de primavera. Ya lo sé, qué quieres, son así de maniáticos.

—Ya está la reserva hecha, Joshua —dijo Juan—, pero trece es mal número, rabí, podías traer a tu churri, para romper el mal fario.

—Di que sí, Juan —saltó Magda, el rollete de Joshua—. Todos los años el mismo muermo, solo tíos, ni una chica. ¡Qué aburrimiento, aquello debe parecer un bosque de nabos!

 —No puede ser, cari, estamos en Cuaresma—se excusó él—, hay que guardar las tradiciones.

—Ya, las tradiciones, seguro que te enrollas con alguna guarrilla y te la llevas al huerto.

—De los olivos —se descojonó Santiago, que es de risa floja.

—Que no, mujer, en serio, por mí encantado, pero luego la gente habla, dice cosas, inventa canciones; ya sabes la mala leche que se gastan los fariseos.

En definitiva, que por espantar el cenizo terminaron invitándome al evento para averiar el maleficio y allí estábamos, en el reservado VIPS de Jacob’s: una mesa larga, catorce cubiertos y otras tantas sillas, todo muy bien puesto y abundante, como para una boda, de lujo, Amelia, de lujo. Pero Judas Iscariote no vino, algo de un virus estomacal, dijo, que lo tenía enganchado al retrete. Un asiento vacío, en la mesa, digo, no en la letrina. Volvíamos a ser trece. Mal rollo.

—No fiarse de ese, es más falso que el retrovisor de un avión —Tomás habitualmente sospecha de todo—, seguro que trama algo.

—Y apuesto lo que queráis, que una silla sin nadie encima trae mala suerte —dijo Felipe, empeñado en sacarle pelos a una calavera y ver el lado malo de las cosas.

—¡Coño, el que faltaba! —se cabreó Joshua—, dejaros ya de gilipolleces y vamos a tener la fiesta en paz, ¿vale?

—Ya veo yo que esto termina como el rosario de la aurora —murmuró Mateo por lo bajini.

Cenamos como gochos. Nos pusimos ciegos. El vino y los mariscos pudieron con la superstición y a los postres, con el café y los chupitos, íbamos todos con una media estocada considerable y de lo más eufóricos. Por otra parte, Magda, María Salomé, Marta, María de Betania, Verónica y no sé cuantas chicas más, también habían celebrado el final de la Cuaresma con una cena, en el salón contiguo al nuestro y por el vocerío que se oía estaba siendo animadísima.

—Lo mismo deberíamos pasar a darles las buenas noches —farfulló Bartolomé, que iba perjudicadísimo, mientras intentaba guiñar un ojo rebelde a la complicidad.

En esto que se abre la puerta y entra una pareja de romanos, como llaman aquí a los de la policía local, con casco, botas de montar y gafas de sol. Se plantan en medio del salón, los brazos en jarras, en plan ayudante del sheriff de Huntsville, Alabama, a punto de disolver una manifestación de morenos.

—A ver, de quién es el Maserati aparcado en la plaza de minusválidos.

—Aquí, aquí, señor agente —se identificó Joshua—, pero no se preocupe, si viene alguno yo lo apaño en un credo.

La ocurrencia nos hizo gracia, seguramente por culpa del alcohol que llevábamos dentro, y se la reímos con ganas. Pero a los guripas no pareció caerles igual de bien la coña.

—Mira tú que bien, Mariano, tenemos aquí un grupo de listillos —dijo el que parecía mandar. Pues se te va a caer el pelo, chaval. Y los demás ya podéis ir preparando los papeles que va a haber requisa.

Pedro, que estaba muy metido en temas de seguridad y acostumbrado a tratar con guardias, le puso a este el carnet del partido delante de las narices, como diciendo «no sabes tú con quién estás hablando». Pero el guindilla, lejos de acojonarse, la tomó por la tremenda, le hizo una llave de jiujitsu, lo tumbó largo en el suelo y a partir de ahí se lio parda. 

Nos pusimos a dar voces, coreando eslóganes antisistema, alguien le acertó al guardia en todo el careto con un merengue de frambuesa y los demás empezamos a descorchar botellas de Moët Chandon tirando a dar: «Perros guardianes del orden y la ley, asesinos a sueldo, abuso de poder». «Ser policía, vergüenza me daría». «Un bote, dos botes, romano el que no bote».

El tal Mariano pidió refuerzos por un chivato que llevaba enganchado en la hombrera, mientras iniciaba la retirada, cubriendo a su compañero, el del merengazo, que no paraba de gritar: «¡Cagondios, que soy diabético, cabrones!», y casi estaban llegando a la puerta, cuando les tapó la retirada la Magda, al frente de un comando femenino reivindicativo; las chicas habían oído follón; como también estaban ya con los chupitos, no les costó nada ponerse levantiscas y venían en plan Las Vengadoras a partirse la cara con quien fuera menester: «Mariano, Marianito, la cena tú solito». «Nosotras parimos, nosotras decidimos». «Estoy hasta el culo de tanto machirulo».

Llegan los antidisturbios arreando a diestro y siniestro. Las chicas, como leonas, tirándoles patadas a la coquilla. Judas, en la puerta, junto al jefe de los gorilas, señalando a Joshua con el dedo. Un sindiós, Amelia, un sindiós. Al final terminamos pasando la noche en el cuartelillo. 

—Si es que todos los años es lo mismo con Judas, coño ya —bramaba Tomás con un cabreo del copón—, ni virus ni gaitas. Mira que os lo dije.

—El trece, rabí, el trece, no falla, mal fario —Juan a lo suyo.

—El asiento vacío, lo que yo os diga.

En fin, que a Joshua le pusieron una multa guapa y no se quedó sin carné porque su padre movió hilos. Pedro tiene esguince de tobillo y está citado para juicio rápido por resistencia a la autoridad y de Judas no se sabe nada, porque parece que lo han metido en protección de testigos y anda desaparecido. No sé si tendrá razón Bartolomé, pero ten cuidado con los asientos vacíos, corazón, que los carga el diablo.

Tuyo que lo es».

Armando Barcelona Bonilla

Armando Barcelona Bonilla Relatos

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *