Varón; caucásico; entre treinta y cuarenta años; sin tatuajes, pirsines o marcas reseñables. Por el momento se desconoce identidad. Causa de la muerte: obstrucción de la tráquea originada por un preservativo. El condón no presenta restos de fluidos. Costillas flotantes rotas, presuntamente por una maniobra Heimlichmal aplicada. Dilatación anal, que podría ser compatible con los efectos del rigor mortis. Se aprecian evidencias de abundante ingesta alcohólica. Pendiente del análisis de vísceras.

Dioscórides García Prieto

Instituto de Medicina Legal

A ver, no digo yo que el informe del forense sea técnicamente reprochable, pero es que dicho así, a lo bravo, sin pulir, echo a faltar un capote, solidaridad de género, no sé, un poquito de empatía, ¡coño!, que el papel lo aguanta todo y las historias son según se cuentan. Bastante tiene uno con estar malamente muerto, para que encima se ande con sospechas y ambigüedades sobre su orientación sexual. Con eso pocas bromas, oyes, porque yo otra cosa no, pero soy muy macho, del Real Madrid y de derechas, como mi padre. Con novia formal desde los quince. Me caso en un par de semanas, no te digo más: Jimena, la hija de los Argüelles y Santolaria, directamente salidos de la bragueta de don Pelayo; mejor pedigrí no se puede tener. Fíjate tú qué plan ahora. Pobre, Jimena, el disgusto que se va a llevar, con lo ilusionada que está la chiquilla. Casi al pie del altar, con fecha en los Jerónimos, que tienen una lista de espera del copón, vestida de Navascués y el novio en el tanatorio de la M30.

Vale, sí, sacamos un poco los pies del tiesto, lo admito, pero las despedidas de soltero son para eso, ¿no?. Hay un guion establecido, una rutina secular que ha pasado de padres a hijos por generaciones, como manda la tradición, y nosotros somos gente de orden, seguimos las reglas: bien comidos, mejor bebidos, pelín esnifados y en zona azul, sin salir de Almagro, a tiro piedra de la Castellana y medio paso de Génova, por si hay que hacer el Camino de Santiago. ¡Qué se nos había perdido en Chueca, por favor!

La culpa fue de Borja Mari, que lo mismo truchea un poco, no sé si me entiendes, come de todo, vamos, que hace tanto a pelo como a lana. Oyes, que a mí esas cosas me la traen al fresco; cada uno saca el cuerpo de penas como puede y es muy libre. Hasta puede que solo sean figuraciones mías, no digo yo que no; pero se puso tan cansino con que fuéramos a Chueca: «Va, tíos, ya veréis que divertido, echamos unos cubatas, unas risas y ya está, además están en pleno Orgullo y montan una bulla de la hostia». Bulla de la hostia, sí. ¡La madre que te parió, Borja Mari!

—Venga, vamos, pero hay que pasar desapercibidos; porque seguramente algún conocido habrá, que el diablo zurce y no quiero yo que nos canten coplas —dijo Fonsi, que va para ingeniero de caminos, tiene un coco analítico de la leche y en su casa son del Opus.

Como llevaba razón, compramos unas caretas en un chino que hay en Diego de León, casi esquina con General Pardiñas. Esas que son de media jeta y cubren solo hasta la nariz. La mía era de Batman. Molaba, aunque la goma iba floja y a ratos se me montaba en los belfos, me tapaba los ojos y no veía un pimiento. En fin, que pillamos un Cabify y hala, a Chueca. Mala idea.

Ambiente había, sí, pero como ya veníamos con el precalentamiento hecho nos costó muy poco pillar el ritmo: Club 54, Delirio, Cosi…, en el Republik se nos juntaron unos vascos de Bermeo, que también andaban enmascarados e iban del mismo rollo que nosotros, porque Koldo se casaba en unos días. Abertzales, con hechuras de armario ropero y chupando como esponjas, pero salaos a más no poder. Casi todos iban a la pesca de altura: seis meses de un tirón, persiguiendo atunes por esos mares de Dios. El novio —que llevaba una careta de Joker muy oportuna porque estaba como una puta cabra—, era montador de estructuras metálicas, remero, de traineras y tenía unas manos como palas de pizzería. Digo yo que sería por afinidad corporativa, pero desde el primer momento Koldo y yo hicimos buenas migas.

—¡La órdiga, Bertín, que nos quedan cuatro días! —decía apechugándome, divertido—, de hoy en nada, la Jimena y la Izaskun nos ponen la uztarria y de oreja nos llevan, pues.

Majo, el chaval, algo pegajoso, todo hay que decirlo; me llevó todo el tiempo cogido por el hombro, con esa manaza suya de metalúrgico, con la que a ratos me palmeaba el culo. Pero sin malicia, no os creáis, es que le salía así de natural, oyes: vasco, de Bermeo, del metal y remero de trainera, que para eso hay que echarle huevos.

Las orejas me burbujeaban de yintónic, la música estaba a tope y la gente desmadrando cantidad. Koldo, que iba con el alcoholímetro igual de perjudicado que yo, me hacía confidencias al oído, casi me comía la oreja. Cosas propias del compañerismo de trinchera etílica: en estos casos, la necesidad de contacto físico es directamente proporcional a la cantidad de cubatas ingeridos; las máscaras dificultan la comunicación —eso es así, se han hecho estudios del fenómeno, ciencia pura—, y el asunto se complica si los decibelios del local superan con mucho lo humanamente soportable. A ver: vasco, de Bermeo, metalúrgico, lo del remo…, ¡que no, coño!

»Pixa egiten ari naiz, Bertin —dijo meneando las piernas de manera compulsiva—, que me estoy meando; apa, ahora vuelvo —tradujo y se fue en busca del arca perdida.

Pasó un buen rato. Se me estaban cerrando ya los ojos de sueño, el cansancio ganaba espacio por momentos y empecé a considerar la opción de una retirada estratégica. Pero cuando ya estaba por levantar el campamento, volvió Koldo, exultante y con una sonrisa prometedora. Tiró de mí y sin mediar palabra me guio a través del local hasta llegar a una estrecha escalera de caracol. Bajamos, él siempre delante a modo de cicerone. Luego anduvimos un trecho por un pasillo apenas iluminado por cuatro bombillas indecisas.

—¿Pero adónde vamos, tío? Esto parece la salida de emergencia del castillo de Drácula. Hay menos luces que en un discurso de Trump sobre el cambio climático.

La verdad es que me estaba empezando a mosquear un poco, pero como los tragos me tenían algo confuso, la máscara se me caía cada dos por tres y seamos serios: vasco, de Bermeo, montador de estructuras metálicas, la trainera…, ¡No, hombre, no, imposible!

—Vas a flipar, Bertín, rey mío —dijo mientras abría una puerta verde y me empujaba suavemente dentro de una habitación absolutamente en tinieblas, en la que había más gente; invisible, sí, porque la oscuridad resultaba impenetrable, pero cuya presencia delataban algunos murmullos ininteligibles, sofocadas risitas nerviosas y jadeos poco tranquilizadores.

—Oye colega, yo me piro —acerté a protestar mientras intentaba una huida preventiva.

Isilik, tontoa, gustatukozaizu —se le olvidó traducir, a la vez que con sus manazas en mis hombros ejercía una firme presión hacia abajo—. Abre la boca y cierra los ojos —dijo.

—«Para qué voy a cerrar los ojos, si no se ve un pijo» —pensé en mitad de una inquietante epifanía, pero, oyes: vasco, del metal, la trainera… ¡¿Quieres decir?! En esto que la máscara se escurre, me pega en todo el morro, con la sorpresa se me escapa un inoportuno ¡Aaaaah!, y bueno, os podéis hacer idea: algo duro, de indefinible textura y con sabor a fresa me golpeó el paladar.

En fin, que no quiero entrar en detalles. Ni se os ocurra preguntar. A lo hecho, pecho, aquí estoy, de cuerpo presente, con lo de la dilatación anal del rigor mortis pendiente de un hilo y dándole vueltas a la cabeza, porque, ¡hostias!: de Bermeo, euskaldún, ¡aupa atlethic!, y todo lo que tú quieras, pero ya no se respeta ni lo más sagrado. Manda narices.

Solo una cosa más. Insisto: ¡La madre que te parió, Borja Mari!

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Uztarria (Yugo, gamella, armazón, atadura). Más o menos.

Isilik, tontoa, gustatukozaizu (Calla, tonto, que te va a gustar). O algo parecido.

Armando Barcelona Bonilla

Armando Barcelona Bonilla Relatos

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